PD: No me inclino hacia ningún lado de la guerra, la analizó cómo un trozo importante de historia: allí están los errores que no debemos de repetir y quizás aprender a vivir en paz (al parecer imposible de conseguir a nivel mundial).
Me he despertado a medianoche por algo de beber. Mientras caminaba hacia la cocina y buscaba algo de jugo, revisé el celular para enterarme, de forma rápida, de qué estaba pasando en el mundo. Uno descubre que a toda hora ocurren cosas… y, aun así, la mayoría de las veces no se entera de nada. No porque no sucedan, sino porque simplemente estamos saturados todo el tiempo de información (muchas veces innecesaria) e incluso alguna parte ni llega, también poseen fronteras invisibles.
En resumen, encontré lo de siempre: robos, masacres y secuestros en Colombia que, para estas fechas, parecen ser la noticia de cada día —como si la tragedia ya tuviera horario fijo—. Y, más allá, las guerras en el exterior… Una de ellas es la que más se roba mi atención: la llamada “operación militar especial” de Rusia en Ucrania. Muchos creímos que duraría, como mucho, una semana. Hoy, más de tres años después de la invasión iniciada en febrero de 2022, la realidad es otra: una guerra larga, desgastante, donde nadie gana realmente, pero muchos pierden todo.
Rusia no logró una victoria relámpago; Ucrania no cayó. Y en medio, un tablero donde las potencias juegan sin ensuciarse las manos directamente. Ucrania ha contado con respaldo internacional —armamento, inteligencia, asesoramiento—, mientras Rusia insiste en sostener una guerra que ya no parece estratégica, sino obstinada. Pero reducirlo a bandos es simplificar demasiado: en el fondo, esto no va de geopolítica, va de cuerpos.
La cuestión es que, en medio de ese ruido constante, me encontré con algo que ya había escuchado antes, pero que esta vez me golpeó distinto. Quizás, para quienes me siguen, no sea raro verme escuchando doom ruso y derivados. Hay algo en esa sonoridad fría, casi industrial, que parece hecha para acompañar la decadencia. Es música que no busca consolar: solo describe (cómo el antes y después de la Unión Soviética).
Dentro de ese corto mix apareció un tema concreto: “No le digas a mamá que voy a Bakhmut”. En él, un soldado ruso toca una guitarra acústica en medio de un territorio de guerra. No hay escenario, no hay producción, no hay artificio. Solo polvo, ruinas… y una voz. La letra es fría, directa, casi resignada. Suena a despedida, pero también a aceptación.
Lo inquietante no es solo la escena, sino lo que arrastra detrás. Esta canción no es un producto musical: es un residuo de guerra. Un fragmento humano que sobrevivió al caos el tiempo suficiente para ser grabado. Hace referencia directa a Bakhmut, una de las batallas más crudas del conflicto en Ucrania, donde durante meses se combatió calle por calle, casa por casa, hasta que la ciudad dejó de ser ciudad y se convirtió en escombro.
El vídeo circula en canales informales, sobre todo en Telegram. No hay créditos, no hay autor confirmado, no hay historia oficial. Se cree que el soldado podría pertenecer a fuerzas rusas —incluso se ha especulado con vínculos al Grupo Wagner, que operó intensamente en esa zona—, pero su identidad real se pierde en la misma niebla que cubre el campo de batalla. Tampoco hay certeza absoluta sobre el punto exacto de grabación, aunque todo indica que fue registrado en las cercanías de Bakhmut, entre finales de 2022 y mediados de 2023, cuando el combate alcanzaba su punto más brutal.
Y ahí es donde el silencio se vuelve incómodo porque no sabemos si ese soldado sigue vivo. No sabemos si esa canción fue su despedida… o solo un intento desesperado de recordarse humano antes de dejar de serlo. Porque eso es lo que hace la guerra: no siempre te mata, pero casi siempre te borra.
Lo único claro es lo que transmite: la guerra deja de ser mapa, estrategia o análisis, y se contrae hasta volverse algo íntimo, casi insignificante… algo que cabe en una guitarra mal afinada. Porque al final, detrás de cada uniforme, hay alguien que aprendió a decir “adiós” sin saber si habría un después. Y entonces se revela lo más inquietante; no es una canción aislada, sino un eco que se repite, una misma despedida atravesando generaciones.
Antes de Bakhmut, existió “No le digas a mamá que estoy en Afganistán”. Luego vino “No le digas a mamá que estoy en Chechenia”. Y ahora, Bakhmut. Tres guerras. Tres generaciones. La misma frase.
Distintos conflictos, mismo mensaje: no preocupes a mamá… aunque estés caminando hacia la muerte.
En cada una de esas versiones, algún soldado —en algún momento— hizo una pausa en medio del ruido para crear algo. No por arte. No por fama. Sino por necesidad. Como si, al cantar, pudiera suspender por un instante la lógica absurda de todo aquello. Como si pudiera enviar un mensaje que no hablara de disparar, sino de existir.
Porque disparar no es tan simple como parece desde fuera. Apretar el gatillo puede ser mecánico, sí. Pero lo que hay detrás es otra cosa: preparación, miedo, adoctrinamiento, supervivencia. Dos bandos, sí… pero también miles de historias cruzadas. Algunos se enlistan por patriotismo. Otros por falta de opciones. Otros porque simplemente no tuvieron elección.
Y en medio de todo eso, los verdaderos olvidados: los civiles. La gente que no eligió estar ahí. Los que no llevan uniforme. Los que no tienen canción. Los que se acuestan sin saber si habrá mañana… o si la noche será lo último que vean.
Al final del día la guerra deja d ser épica y heroica para convertirse en ese alguien qué toca en medio de la nada, cantando para alguien que probablemente nunca escuchará la canción.

