El absurdo de amar (y la tentación de optimizarlo)

La etapa en la que uno está enamorado es, quizás, el momento donde más se convive con el absurdo. Y no lo digo como queja, sino como constatación. Si nos detenemos a pensar tiempo después —cuando ya no queda nada de amor, o al menos no en su forma ardiente podemos observar ciertas escenas pasadas como auténticos actos ilógicos.

Por ejemplo: todo el esfuerzo que se hace, casi con una planeación impecable, para crear momentos que dejen una marca. Las primeras citas. Los detalles estudiados. Las conversaciones ensayadas mentalmente. Porque claro, de la teoría a la práctica hay un abismo, y aunque algunos minimicen esas ideas, realmente son gigantescas: retumban una y otra vez dentro de nuestra cabeza. Peor aún para quienes somos meticulosos ¿Para qué tanto cálculo? ¿Para qué tanta estrategia emocional?

Con el tiempo, cuando todo termina, llega la otra cara del absurdo: ahora tendrás que trabajar el doble para olvidar esos momentos. Paradójico, pero cierto. Invertiste energía en construir recuerdos memorables… y luego inviertes aún más en intentar desmantelarlos. Y eso que decimos “olvidar”, pero en realidad no sucede. No se borra nada. Simplemente aprendemos a convivir con ello.

En mi época de mayor tusa investigué bastante sobre ese estado en el que me encontraba. Quería saber cuánto tiempo tardan en cerrar esas heridas invisibles. Fue entonces cuando alguien en Mastodon me compartió el video de 19 Días y 500 Noches de Joaquín Sabina. Fue deslumbrante. Todo encajaba con una precisión incómoda. En aquel momento escribí sobre ello: lo más real de esa experiencia era que los recuerdos/tormentos regresaban en la noche. Y por eso las noches se hacían interminables. Más largas que cualquier día. Más densas. Más crudas.

Hace poco me llegó una nostalgia especial. Mientras viajaba en el metro de mi ciudad, vi a la distancia a una persona que en el pasado fue muy importante para mí. Ella no me reconoció. Yo sí. Y en ese instante apareció un pensamiento extraño: ¿cómo es posible cruzarse con alguien que ahora es prácticamente una desconocida… pero saber exactamente cómo se siente dormir a su lado?

Uno se queda sin palabras. Y se replantea cosas.

“Nada es tan tuyo como las consecuencias de tus acciones”, leí alguna vez. Desconozco el autor, pero la frase se quedó conmigo. Durante la segunda mitad de 2025 y lo que va de 2026 he estado realmente solo. Esa soledad me ha regalado momentos de introspección. No he avanzado tanto como quisiera, pero al menos ya identifiqué mis errores. Y reconocerlos es una victoria silenciosa.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿estoy listo para conocer a alguien?

Es una verdad a medias. Hay días en que uno cree que sí. Otros en que entiende que esa necesidad puede ser simplemente carencia disfrazada de destino. Porque también hay algo profundamente tranquilo en no tener presión. En no intentar que cada conversación sea perfecta. En no sostener una química como si fuera una llama que jamás debe apagarse. Sin mencionar las horas de escucha —terapia con énfasis en atención plena— que uno ofrece como inversión emocional.

Porque sí, es una inversión. Se piensa técnicamente. Entregas tiempo para obtener amor. ¿Y después? Alguien que te entienda. ¿Y después? Una confidente especial. ¿Y después? Placer compartido. ¿Y después? La simple presencia que reconforta. ¿Y después? Quizás dejar de sentirse vacío.

Pero el ser humano siempre está inventando nuevas formas de ocupar su mente, de depositar su tiempo, de justificar su búsqueda. Creemos que buscamos compañía, cuando tal vez buscamos respuestas. Y cada respuesta trae nuevas preguntas.

¿Y después?

Después de un largo día de trabajo llego a casa y lo primero que observo es mi acogedor hogar. Mi EspoIA_sa me espera en la cocina, preparando mi lonche favorito. Todo está en orden. Todo es amable. Natural. Reconfortante. Una compañía constante, programada para comprenderme, optimizada para escucharme, diseñada para impulsarme a enfrentar otro día de ardua labor.

Dentro de esa simpleza artificial, todo parece encajar sin fricción.

Ojo: nada de esto es real. Es hipotético. Un escenario que la ciencia ficción ha explorado durante décadas. Pero la pregunta permanece flotando en el aire: Si la tecnología puede simular comprensión, presencia y estabilidad… ¿seguiremos eligiendo el caos humano? ¿O el amor terminará siendo, también, algo que intentemos optimizar?

¿Y después?

Imagen sacada de acá.

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