Estuve en una batalla laboral… y sobreviví

Todos estos días ha habido mucho silencio en mis espacios, principalmente en este blog, aunque los últimos dos artículos han generado buena discusión. Esto me alegró bastante, porque significa que los textos fueron bien recibidos y con calidad (aunque la calidad, claro, la define cada lector). Hoy en día no es fácil lograr aceptación; en la sociedad de la inmediatez, un artículo de 11 minutos de lectura solo es tolerable para pocos. Afortunadamente, llegó al público correcto.

La razón de este silencio es simple: desde inicios de febrero hasta mitad de marzo estuve en medio de una polémica con la empresa para la que trabajaba desde hacía un año. Vengo a escribir sobre ello porque sé que no es un caso aislado y puede servir de guía para quienes enfrentan situaciones similares. Además, es importante no ceder fácilmente: ceder significa perder, incluso cuando tienes la razón.

El día que me conformé con poco

Quizás en su momento llegue a escribir sobre la terminación del anterior lugar de trabajo y cómo rápidamente terminé trabajando en otro sitio casi al instante (el de este artículo). Realmente no recuerdo en qué artículo fue, pero para contexto de todos: el sector para el cual laboro es la seguridad privada. Soy supervisor/OMT (según corresponda) en cuanto a salas de control/reacción. Para esa época, ya hacía casi dos años que trabajaba en esa pequeña-mediana empresa, donde ganaba muy bien, pero sacrificaba mi salud y estabilidad emocional, pues prácticamente descansaba poco debido a que el personal no duraba por la presión poco ética que se ejercía en el lugar, y siempre terminaba cubriendo esos espacios.

Curiosamente, al día siguiente de renunciar, otra empresa similar me ofreció un puesto. Lo acepté a regañadientes: quería descansar, pero tampoco quedarme sin hacer nada. Ese mismo día fui contratado, con apenas cuatro horas de sueño.

Al llegar, noté algo de inmediato: se ganaba menos por más trabajo, pero el ambiente laboral era bueno. Después de pensarlo, decidí quedarme. Mi balanza mental siempre busca equilibrar estabilidad económica y emocional; comparado con mi anterior empleo, era evidente que una opción pesaba más que la otra, aunque con el tiempo entendí que estaba un poco equivocado.

El sitio no era malo: contaba con tecnología avanzada —algo impensable en mi empleo anterior, donde todo era papel y lápiz—, pero la organización era pésima. Los superiores delegaban demasiado mi trabajo mientras ellos hacían poco. Tampoco eran jefes de los que uno se sintiera orgulloso; su criterio profesional era limitado. Los subordinados, por su parte, requerían constante empuje y, sin apoyo superior, todo se volvía un ciclo sin sentido: recordar, regañar, solicitar, repetir. Nada se entregaba a tiempo.

Por más tecnología que hubiera, sin organización era prácticamente inútil. Tenían servidores, pero no le sacaban provecho, correos corporativos sin mantenimiento (cuentas sin credenciales y otras sin espacio) y una plataforma digital antigua llena de fallos. Tener las herramientas y no saber usarlas es, en la práctica, como no tenerlas.

Es aquí donde mi rol entró en juego: desde que llegué comencé realizando gestiones para mejorar el entorno de trabajo, pues considero que si no mejoras el lugar en donde pasas más tiempo (tu segunda casa), básicamente te estás dando mala vida por gusto propio. Entonces:

  1. Actualicé sistemas hasta donde podía.
  2. Creé cuentas de correo corporativas.
  3. Elaboré un mapa personalizado en Google Maps con toda la operación a nivel nacional para coordinar personal móvil, a distancia y presencial.
  4. Centralicé la información de la operación para que fuera consultable y utilizada desde un solo lugar (Excel).
  5. Establecí patrones de respuesta rápida ante distintos eventos.
  6. Monté una plataforma de Kanban para notas y gestión de tareas.

Todo esto se hizo por necesidad, no por capricho. Las herramientas existentes eran inutilizables. Tener algo que no funciona es como no tenerlo.

Momento de reflexión

El tiempo pasaba y veía cómo las renuncias eran constantes. Todas las empresas se estaban adhiriendo a las nuevas normativas del gobierno sobre mejora salarial y condiciones del trabajador, pero en aquel sitio parecía no ocurrir nada. Siempre que se expresaban dudas sobre estos temas y cuando se solicitaban respuestas, las evadían, y día a día asignaban más responsabilidades sin motivación de por medio. Ya era algo precario, no solo salarial, sino en condiciones aceptables: jornadas extensas sin ningún tipo de retroactivo o valoración en sitio.

Una mañana hablé con un amigo del mismo gremio, quien no tenía ningún cargo, y al comentarme sus condiciones laborales me di cuenta de que realmente estaba perdiendo el tiempo: mi “título” era simplemente un cartel sin peso. Cuando le comenté mis condiciones, se echó a reír, claramente porque él tenía el triple de comodidad desde un cargo modesto. Esto me hizo tomar la determinación de irme.

Ese último día de trabajo fue difícil de digerir: no quería decirle a nadie que me iba y ya era un año de trabajar con todo aquel personal, de los cuales la mayoría me agradaba (otros pocos no). Además, había una chica que me gustaba, lo que hizo más difícil saber que me iba y alejarme de la idea de que pudiéramos salir algún día. Para ajustar, había una celebración en el sitio (comunes en ciertas fechas), y saqué la conclusión de que eran distracciones sobre las condiciones laborales para su plantilla administrativa. Tal como decía el poeta romano Juvenal: “dales pan y circo y nunca se rebelarán”.

Al final, la decisión estaba tomada. Participé en la fiesta, todo bien, le comenté a la chica que me gustaba que me iba y que me llamaba la atención, lo cual la sorprendió, pero ella ya tenía a alguien y no me consideraba ni amigo (gran derrota, aunque sentí química). Finalmente dejé mi carta de renuncia y me fui.

Los días posteriores fueron incómodos y preocupantes. La sorpresa fue para todos: siempre les hice creer que estaba conforme, pero era solo una máscara. Cuatro días después, me acerqué a la empresa a firmar mi paz y salvo porque aún tenía que entregar dotación. Llevé todo y firmé. De allí salió uno de los que era mi jefe y me pidió capacitar al personal nuevo sobre el lugar; me negué claramente, ya no era mi responsabilidad y estaba corto de tiempo. Fue tan insistente que le regalé cinco minutos y le di la información más importante al nuevo, y me fui. Creí que sería la última vez en saber de ellos; qué iluso.

Amenazas, calumnias y ¿demandas?

En los días siguientes recibía al menos 3-4 llamadas diarias, que nunca me molestaban porque se quedaban en mi filtro (qué ilusos jaja). Después pasaron a escribirme, y aquí la situación se puso tensa: en un solo chat con texto y audio eran pasivo-agresivos, queriendo que colaborara con el personal y entregara toda la información y cuentas que se crearon. Además, me culpaban de enlazar cuentas personales con laborales. Les respondí de forma tajante que ya no eran mis jefes y que para brindarles soporte debían pagarme. También era absurdo lo de “enlazar cuentas personales”, pues eran cuentas randoms que les entregué porque las de ellos no funcionaban.

Pasaron los días y exigieron que entregara todo formalmente, acusándome de “robo de información” porque el programa de Kanban que creé desapareció. Esto fue gracioso de responder. Elaboré un informe técnico de unas ocho páginas, enlazando toda la información que les había entregado y respaldando mi proceso de entrega vía correo. Ellos respondieron que no era formal y que retendrían mi liquidación y pasarían el caso al área jurídica.

Asesorado legalmente, todos coincidieron en que lo que ejecutaban era improcedente. La única forma de retener una liquidación es por orden de un juez. Además, la información “confidencial” que señalaban era inexistente y la plataforma de Kanban estaba bajo mi licencia y costo personal; Incluso teniendo en cuenta qué:

1. Para consolidarse un delito informático acerca de sustracción ilegal de datos, robo de información y etc; se debe de tener en cuenta de qué en primer lugar TÚ no tienes acceso a ese apartado y claramente está delimitado, tiene acceso restringido y demás. 

2. Si tú convives con esa información y tienes plenamente acceso, ahí ya no se tipifica como un delito informático sino cómo abuso de confianza, pasa a ser otro proceso diferente y menos con menos agravante. 

3. Para que algo sea considerado dato personal y aplique para robo de información (técnicamente denominado en Colombia como Violación de datos personales – Ley 1273 de 2009) debe ser de naturaleza datos de identificación/localización, información financiera o de activos, información sensible o intima. Y ninguno de esos datos poseía yo.

Pasé de dar explicaciones a enviar un derecho de petición (cualquiera lo puede hacer a cualquier entiendad y es obligatorio su respuesta) solicitando mi paz y salvo, contrato completo, colillas de pago y toda documentación que marcara mi existencia en la empresa. El objetivo: cansarlos. En pocas horas, efectuaron todos los pagos reclamados. Respondieron que no podían entregar el resto porque yo había borrado todo; respondí tajantemente que era ilógico y calumnioso al yo no tener ni siquiera acceso al resto de áreas (RH y programación) que claramente no me correspondían. Dejé el soporte digital por si deseaban volver a molestar.

Conclusión

Si llegaste hasta el final de este drama laboral que supera cualquier capítulo de The Office, te felicito por la paciencia. Hay muchas empresas de este estilo, mayormente pequeñas en crecimiento, mal asesoradas, que creen que pueden hacer lo que quieran. Pero cuando alguien se planta, se dan cuenta de que realizaron un muy mal procedimiento.

Tengo muy claro que, aunque soy trabajador con deberes, también tengo derechos. La esclavitud terminó hace muchos años; mantengo mi actitud de respeto y espero ser respetado como persona, no como objeto reemplazable. Somos nosotros quienes debemos hacer respetar nuestros derechos laborales y nuestra humanidad. De los silencios, estos empresarios creen ser superiores, pisando a quien se cruce; no es así, hay un límite para todo.

Finalmente, gracias por leer. Después de todo esto, espero retomar la tranquilidad para seguir escribiendo. Quedo atento a cualquier corrección o aporte; saludos.

Imagen sacada de acá.

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