Palantir en Colombia – ¡Hola, amigo!

Audio generado con NotebookLM, para quienes prefieren oir lo escrito.

“Hola, amigo.

Hola, ¿amigo?

Es aburrido. 

Tal vez deba darte un nombre, pero es una pendiente resbaladiza. 

Solo estás en mi cabeza. 

Tenemos que recordar eso. 

Mierda.

En verdad sucedió, estoy hablando con una persona imaginaria.

Lo que estoy por decirte es secreto.

Una conspiración más grande que nosotros.

Hay un grupo poderoso de personas allí afuera…

…que secretamente manejan el mundo.

Estoy hablando de los sujetos que nadie conoce, los sujetos que son invisibles.

El 1% del 1%, los sujetos que juegan a ser Dios sin permiso.

Y ahora creo que me están siguiendo.

Esto es sobre anoche (…)”.

Vídeo completo con está parte de la  serie Mr. Robot con tal diálogo. https://youtu.be/EshjSGSg0q0

Y sí, quise comenzar con ese magnífico guion de la serie Mr. Robot, tal cual: ¡una conspiración! De los poderes y estrategias que se mueven de fondo, de los que la gente del común tenemos nulos conocimientos, pero de los que, aun así, por épocas nos damos cuenta gracias a filtraciones, liberación de documentación, etc., etc.

Hace unos meses escribía sobre Palantir | El ojo que decide y cómo dicha tecnología y organización parece estar presente en la actualidad en las grandes agencias de inteligencia del mundo, procesando toda la información que mueve una nación y sus vecinos, llegando a un punto de conocer mucho más de lo que creíamos en su momento sobre tecnologías y proyectos de antiguas épocas, como XKeyscore y PRISM (por cierto, parecen que dichos artículos en inglés los han tratado de ocultar, en la biografía de Snowden en su idioma no aparece, pero si al español), aunque la propuesta de valor sigue siendo la misma, básicamente: convertir señales de múltiples fuentes en información útil para el análisis y la acción.

Ahora bien, en ese artículo estuve escribiendo acerca de lo que era Palantir y su forma de actuar, además de lo que significaría que el algoritmo conociera tanto de la población. Por desgracia, esto no solo actúa en el extranjero (lejos de nosotros), ya sea en EE. UU., Israel, etc., sino también con actuaciones en nuestras naciones; en mi caso, Colombia. De esto me di cuenta más recientemente, porque nuevamente cobró protagonismo y, por ende, decidí escribir sobre esto.

Palantir y su llegada a Colombia

Pero aquí es donde la historia comienza a ponerse realmente interesante —y quizás también un poco incómoda—, porque una cosa es hablar de Palantir como una compañía estadounidense que trabaja para gobiernos extranjeros, ejércitos y agencias de inteligencia, y otra muy distinta es descubrir que su tecnología ya tuvo una puerta de entrada en Colombia hace varios años. No es una teoría conspirativa. No hace falta imaginar una sala oscura llena de funcionarios mirando pantallas mientras un algoritmo decide quién es sospechoso. El documento existe, tiene número, fecha y entidad responsable. En abril de 2020, en plena pandemia bajo el mandato del Expresidente Iván Duque, el Departamento Administrativo de la Presidencia de la República (DAPRE) celebró el Acuerdo de Tecnología No. 011.20 con Palantir Technologies Inc., mediante el cual la compañía puso a disposición de la Presidencia su plataforma Foundry. El objetivo declarado era consolidar información relacionada con la pandemia y construir un visor que permitiera cruzar información del Instituto Nacional de Salud, CoronApp, DANE, Ministerio de Salud, movilidad y otras fuentes para ayudar a las autoridades a priorizar zonas y recursos. El propio informe de ejecución del DAPRE señala que Foundry consolidaba en tiempo casi real datos abiertos del Gobierno, información del INS y CoronApp (con su propio escándalo), y que permitía realizar análisis epidemiológicos y demográficos.

Imagen sacada de acá.

El acuerdo entre Palantir y el Gobierno de Colombia en 2020

Y aquí voy a hacer una precisión neutral para que este artículo no sea visto cómo un sitio lleno de afirmaciones sensacionalistas y demás, más bien que puedan interpretar la información a su manera y sacar sus propias conclusiones. Palantir no llegó a Colombia en 2020 para convertirse mágicamente en una agencia de inteligencia paralela. No recibió, por ese acuerdo, poderes policiales, judiciales ni facultades autónomas para investigar ciudadanos (al menos de lo que se conoce). Lo que recibió fue acceso tecnológico dentro de un proyecto concreto, bajo unas condiciones determinadas. El mismo informe del DAPRE afirma que el acceso de empleados de Palantir estaba sometido a autorización, bajo principios de mínimo privilegio y necesidad de conocer, y que no se había registrado un incidente de seguridad con los datos o la infraestructura de Foundry durante el período informado. También identifica las fuentes integradas: Ministerio de Salud, CoronApp, DANE, DAPRE, INS, Google y otras fuentes epidemiológicas internacionales. Es decir, el asunto no fue que Palantir inventara una gigantesca base de datos colombiana desde cero; fue algo más sencillo y, precisamente por eso, más importante: se convirtió en la capa tecnológica capaz de hacer que datos que antes vivían separados comenzaran a hablar entre sí… Ósea, entrego los datos existentes a Palantir para unificar su interpretación.

¿Qué hizo realmente Palantir en Colombia durante la pandemia?

Eso es Palantir. Y entenderlo es mucho más importante que repetir que es una empresa de “vigilancia”. La vigilancia tradicional necesita ojos; Palantir necesita relaciones. Un registro aislado dice relativamente poco. Una cédula dice quién eres. Un registro médico dice algo sobre tu salud. Una ubicación dice dónde estabas. Una transacción dice qué compraste. Una llamada puede revelar con quién te relacionaste. Una publicación pública puede mostrar qué piensas o, al menos, qué quieres que los demás crean que piensas. Pero cuando todos esos elementos pueden ser relacionados, el problema deja de ser cada dato individual y pasa a ser la estructura que aparece entre ellos. Esa es precisamente la clase de problema para la que fueron diseñadas plataformas como Foundry y Gotham: integrar información heterogénea, construir relaciones entre entidades, ejecutar análisis y convertir conjuntos de datos dispersos en una representación operacional del mundo. La propia documentación corporativa de Palantir describe Foundry como una plataforma para gestión de datos, lógica, mapeo sistémico mediante su “Ontology”, analítica y flujos de trabajo, mientras que Gotham está orientada a operaciones de defensa e inteligencia.

La diferencia podría parecer pequeña, pero no lo es. Una base de datos almacena información. Una plataforma de inteligencia puede convertir esa información en contexto. Y el contexto es poder. Si un Estado posee cien bases de datos independientes, existen cien pequeñas fronteras administrativas. Si consigue conectarlas, esas fronteras desaparecen. El individuo que antes aparecía como un registro en una oficina puede convertirse en un nodo dentro de un grafo: ciudadano, teléfono, dirección, vehículo, cuenta, familiar, movimiento, empresa, viaje, fotografía, denuncia, publicación, transacción. Ninguno de esos elementos tiene necesariamente algo ilegal. La cuestión inquietante aparece cuando un sistema puede establecer automáticamente las relaciones entre ellos y presentarlas a un analista como una historia coherente. En ese momento ya no estamos hablando simplemente de almacenamiento de información. Estamos hablando de inferencia.

Y Colombia ya había tenido una aproximación anterior a esa idea. En 2012, la Dirección de Inteligencia Policial (DIPOL) exploró la adquisición de una plataforma para procesar grandes cantidades de información y Palantir presentó una propuesta denominada SI3. De acuerdo con la documentación recopilada por Privacy International, la propuesta contemplaba integrar diversas bases de datos policiales, incorporar información de fuentes abiertas como Facebook y Twitter y trabajar con imágenes, vídeos y datos biométricos, además de permitir establecer conexiones entre conjuntos de datos y personas. El documento incluso señalaba que Palantir podía integrar diez bases de datos de la Policía y entrenar analistas para utilizar la plataforma. Sin embargo, existe una precisión importante: Palantir negó posteriormente haber celebrado ese contrato y no hay evidencia suficiente para afirmar que aquella propuesta terminara convirtiéndose en una implementación de Palantir dentro de la Policía colombiana (sin poder negarlo o confirmarlo; aunque sabemos cómo funcionan de fondo estas cosas, eso mismo decían del programa de inteligencia Pantera, del que se tiene casi nula información o del software Pegasus de la que sí hay información consultable).

El antecedente de Palantir y la inteligencia policial en Colombia

Pero fíjense en algo casi poético de esta historia: en 2012, la preocupación era que existían demasiados datos y no había una herramienta suficientemente poderosa para relacionarlos; en 2020, esa herramienta apareció en Colombia bajo el argumento de una emergencia sanitaria; y en 2026 vuelve a aparecer la idea de utilizar tecnologías de este tipo para integrar inteligencia, seguridad y defensa. Cambia la excusa, cambia la institución, cambia el gobierno y cambia el enemigo declarado. Lo que permanece es la misma arquitectura: juntar datos que antes estaban separados y convertirlos en capacidad de decisión. Es aquí donde conviene dejar de preguntarnos únicamente “¿qué hace Palantir?” y comenzar a preguntar algo mucho más incómodo: ¿qué puede llegar a hacer un Estado cuando finalmente consigue conectar todo aquello que durante décadas estuvo fragmentado?

Imagen sacada de acá.

Porque la verdadera revolución de Palantir no está necesariamente en saber más que el Estado. Está en permitirle utilizar mejor aquello que ya sabe. Esa diferencia es fundamental. Colombia ya dispone de información tributaria, migratoria, sanitaria, policial, judicial, financiera, electoral, administrativa y territorial. Las Fuerzas Militares y la Policía poseen además sus propios sistemas de inteligencia; Fiscalía y otras entidades tienen sus respectivos repositorios; Migración registra movimientos fronterizos; la UIAF analiza información financiera; las entidades territoriales acumulan información adicional. El problema histórico ha sido la fragmentación. Una plataforma de integración puede convertirse justamente en el puente entre esos silos. Y ese puente puede ser extraordinariamente útil para combatir estructuras criminales, narcotráfico, lavado de activos o redes de financiación. Pero exactamente la misma arquitectura puede producir un poder de vigilancia que resulte desproporcionado si los controles institucionales son débiles. Además, de causar tragedias como la extinta DAS. 

Ese es el dilema que normalmente desaparece en el discurso tecnológico. Se habla de inteligencia artificial como si el algoritmo tuviera una moral propia. No la tiene. Un algoritmo no sabe qué significa justicia. No sabe qué significa disidencia. No sabe qué significa democracia. Optimiza una función definida por seres humanos utilizando datos producidos por instituciones humanas. Si los datos están sesgados, el resultado puede reproducir el sesgo. Si las categorías son deficientes, el sistema puede amplificar el error. Si una institución considera que determinada conducta es sospechosa, el algoritmo puede aprender a encontrar más personas que se parezcan estadísticamente a los sospechosos anteriores. Y cuanto mayor sea la cantidad de información disponible, mayor será también la capacidad para encontrar correlaciones que, desde el punto de vista estadístico, parecen interesantes, aunque desde el punto de vista jurídico o humano sean completamente irrelevantes.

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Aquí aparece uno de los conceptos que más me interesa cuando hablamos de vigilancia contemporánea: la diferencia entre observar y predecir. Un Estado tradicionalmente necesitaba descubrir que alguien había cometido algo para investigarlo. Un sistema algorítmico puede intentar descubrir quién parece encajar en un determinado patrón antes de que ocurra algo. Esa transformación parece pequeña en una presentación de PowerPoint y gigantesca cuando se aplica sobre millones de personas. Pasamos de investigar hechos a clasificar probabilidades. Y cuando una clasificación probabilística entra en contacto con instituciones que poseen capacidad coercitiva, la frontera entre “persona de interés” y “persona sospechosa” puede comenzar a difuminarse.

No significa que Palantir necesariamente haga esto con cada ciudadano colombiano. Tampoco existe evidencia pública que permita afirmar que Colombia esté utilizando actualmente Foundry o Gotham para construir perfiles políticos masivos de toda su población. Sería irresponsable afirmarlo. El punto es otro: la arquitectura tecnológica hace posible determinadas capacidades, y por eso esas capacidades deben discutirse antes de que sean normalizadas. Una cámara de vigilancia no es una dictadura. Una base de datos tampoco. Un algoritmo de reconocimiento de patrones tampoco. Pero una infraestructura que permite conectar cámaras, teléfonos, registros administrativos, movimientos financieros, redes sociales, migración, información biométrica y bases policiales puede producir una capacidad de vigilancia cualitativamente diferente cuando todos esos sistemas comienzan a operar juntos.

Palantir y la integración de datos del Estado

La experiencia internacional de Palantir demuestra por qué esta discusión no es meramente hipotética. En Estados Unidos, la empresa ha trabajado durante años con organismos gubernamentales y militares. En 2025, por ejemplo, el Ejército estadounidense consolidó contratos existentes en un acuerdo empresarial que puede alcanzar hasta 10.000 millones de dólares durante una década. Y en 2024 el Pentágono adjudicó a Palantir un contrato de 480 millones de dólares relacionado con el sistema Maven, diseñado para ayudar a la inteligencia militar a identificar puntos de interés a partir de múltiples fuentes de datos.

Su relación con la inteligencia y la defensa tampoco es un accidente reciente. Palantir nació dentro de un ecosistema tecnológico profundamente relacionado con la seguridad nacional estadounidense y recibió inversión temprana de In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo creado por la CIA. Desde entonces, su trayectoria ha estado estrechamente ligada a gobiernos, defensa e inteligencia. La compañía sostiene que sus productos son plataformas de software y que son sus clientes quienes determinan qué datos incorporan y para qué fines se utilizan. Técnicamente, esa distinción es importante: Palantir no necesita ser propietaria de los datos para convertirse en una pieza crítica de la infraestructura que los hace explotables. El poder puede estar en la arquitectura, en los permisos, en las conexiones y en los flujos de trabajo.

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Y entonces aparece el caso que probablemente más nos interesa para entender el presente: Israel. En enero de 2024, Palantir anunció públicamente una asociación estratégica con el Ministerio de Defensa israelí para proporcionar tecnología destinada a apoyar “misiones relacionadas con la guerra”. La propia documentación presentada por Palantir ante la SEC confirma que durante 2024 la empresa acordó esa asociación estratégica para suministrar tecnología a Israel en el contexto de la guerra. Organizaciones como Amnesty International han cuestionado públicamente el papel de Palantir en este contexto y han documentado preocupaciones relacionadas con el uso de sus tecnologías por autoridades militares y de inmigración. Estas son posiciones de una organización de derechos humanos, no una sentencia judicial que determine por sí sola responsabilidad penal de Palantir, pero forman parte indispensable del debate sobre las consecuencias de externalizar capacidades de análisis e inteligencia a empresas privadas.

El otro ejemplo es todavía más cercano a la cuestión del ciudadano común: inmigración. Amnesty International examinó contratos y documentación pública relacionados con el Departamento de Seguridad Nacional estadounidense y señaló que Palantir desarrolló herramientas para ICE que permiten organizar y vincular expedientes, integrar información procedente de diferentes fuentes y priorizar determinadas operaciones migratorias. En 2025, según esa documentación, ICE adjudicó a Palantir un contrato de 30 millones de dólares relacionado con el seguimiento de “self-deportations” y la identificación de casos prioritarios. Palantir, por su parte, ha rechazado que sus productos sean responsables de determinadas políticas específicas y ha aclarado el alcance de sus contratos. El dato importante para este artículo no es decidir quién tiene razón en cada controversia estadounidense, sino observar el patrón: una misma clase de infraestructura tecnológica puede utilizarse en salud pública, defensa, inmigración, inteligencia y administración estatal.

Palantir, inteligencia y vigilancia internacional

Y ahora regresemos a Colombia.

Durante julio de 2026 comenzó a circular con fuerza una propuesta para que el Estado colombiano desarrollara una plataforma nacional de inteligencia artificial capaz de integrar información de distintas instituciones. El planteamiento apareció públicamente en un artículo de Francisco Mejía publicado en Semana, donde se propone una plataforma interinstitucional inspirada explícitamente en soluciones como Gotham de Palantir y se mencionan fuentes como Ejército, Armada, Fuerza Aérea, Policía, Fiscalía, DIAN, UIAF y Migración Colombia, además de imágenes satelitales, drones, inteligencia humana, inteligencia financiera e información geoespacial. El texto no demuestra que el Gobierno haya firmado un contrato con Palantir ni constituye por sí mismo una decisión administrativa; es una propuesta de política tecnológica. Pero es una propuesta que merece atención precisamente porque describe la arquitectura que podría adoptarse.

También apareció en julio un análisis de Impacto TIC preguntándose directamente si el presidente electo Abelardo de la Espriella debería utilizar los servicios de Palantir, planteando el asunto desde la perspectiva de la soberanía digital y los riesgos que tendría centralizar bases de datos ciudadanas mediante una plataforma tecnológica extranjera. De nuevo, hay que distinguir opinión de hecho: el artículo evidencia que la propuesta está siendo debatida públicamente, no que exista ya una contratación.

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Y esta distinción es precisamente la que deberíamos exigirle a cualquier gobierno. Si mañana aparece un comunicado anunciando que Colombia comprará Gotham, Foundry o una solución equivalente, la pregunta no debería ser solamente cuánto cuesta. Tampoco debería ser únicamente si funciona. La pregunta verdaderamente democrática tendría que ser: ¿qué datos entrarán?, ¿quién será responsable del tratamiento?, ¿dónde estarán almacenados?, ¿qué jurisdicción los protege?, ¿qué funcionarios podrán consultarlos?, ¿qué empresas podrán administrarlos?, ¿qué registros de auditoría existirán?, ¿cuánto tiempo se conservarán?, ¿qué modelos podrán ejecutarse sobre ellos?, ¿podrán utilizarse para generar perfiles?, ¿podrán cruzarse con información obtenida por otras agencias?, ¿qué mecanismos existen para corregir un falso positivo?, ¿y qué sucede cuando un algoritmo se equivoca sobre una persona?

Porque un error en Facebook puede significar un anuncio absurdo. Un error en una plataforma de inteligencia estatal puede significar una investigación, una interceptación, una detención, una negación administrativa o, simplemente, que una persona quede marcada dentro de una base de datos durante años. Todo lo anterior en el mejor de los casos, en el peor más allá de la persecución Estatal: la muerte (ya mencionado cómo paso con el DAS).

El futuro de Palantir y la inteligencia artificial en Colombia

La legislación colombiana no deja estos asuntos completamente al vacío. La Ley 1581 de 2012 reconoce el derecho de las personas a conocer, actualizar y rectificar la información recogida sobre ellas y establece principios para el tratamiento de datos personales. Además, considera sensibles, entre otros, los datos relativos a la salud y los datos biométricos. La norma también contempla reglas específicas sobre tratamiento y transferencia de información. Esto es particularmente relevante cuando recordamos el caso lamentable y penoso de CoronApp: durante la pandemia se construyeron sistemas que trabajaban con información sanitaria y otros datos relacionados con la población (datos cedidos a Palatir y que tuvo nula transparencia en el proceso). El propio Gobierno describía los datos utilizados en el visor como “anonimizados” para determinados usos, mientras que los informes internos del DAPRE documentaban la integración de CoronApp y otras fuentes.

Pero existe una diferencia entre anonimizar una base de datos y hacer imposible identificar a una persona. La anonimización no debería convertirse en una palabra mágica que cierre la discusión. Cuando diferentes conjuntos de datos pueden cruzarse, la información aparentemente anónima puede adquirir valor identificatorio mediante relaciones indirectas. Una persona puede no aparecer como “Juan Pérez” en una tabla y, sin embargo, resultar identificable por la combinación de ubicación, horario, edad, historial, dispositivo, relaciones y otros atributos. El problema de la privacidad moderna ya no es solamente “¿aparece mi nombre?”. Es “¿pueden reconstruir quién soy a partir de todo lo demás?”.

Privacidad y protección de datos en Colombia

Y aquí llegamos al concepto de anonimato, que en Internet ha sido vendido durante años como una especie de capa invisible que permite desaparecer. No funciona así. El anonimato absoluto prácticamente no existe frente a un adversario estatal con recursos suficientes. Existen registros de telecomunicaciones, metadatos, cámaras, pagos, dispositivos, plataformas, proveedores de Internet, sistemas de transporte, documentos oficiales y una interminable colección de huellas digitales. El verdadero objetivo de la privacidad no debería ser prometer una invisibilidad imposible, sino reducir la cantidad de información que dejamos disponible y dificultar que diferentes piezas de nuestra identidad sean ensambladas en una sola representación.

Paradójicamente, mientras nosotros hablamos de privacidad como una cuestión individual —“no quiero que sepan dónde estoy”—, las grandes plataformas la entienden como un problema de correlación. No importa únicamente dónde estuviste. Importa con quién estuviste, cuánto tiempo, qué hiciste después, qué compraste, qué buscaste, qué aplicación utilizaste y qué otras personas estuvieron cerca de ti. Una pieza aislada es casi inútil. Un millón de piezas conectadas puede convertirse en una máquina de inferencia.

Y eso es lo que convierte a Palantir en algo mucho más interesante que otra empresa de software. Su producto no es simplemente almacenamiento. Su producto es la reducción de la distancia entre información y decisión.

La propia compañía explica que Foundry está diseñado para interoperar con sistemas existentes y conectar datos, lógica, inteligencia artificial, flujos de trabajo y sistemas de seguridad. En otras palabras, la filosofía técnica es exactamente la que podríamos esperar de una plataforma de este tipo: no reemplazar necesariamente todos los sistemas anteriores, sino construir una capa capaz de conectarlos. Esto es extraordinariamente útil desde la perspectiva operacional. También es exactamente lo que debería preocuparnos desde la perspectiva de derechos fundamentales.

¿Es posible ser anónimo en Internet?

Porque existe una vieja ilusión tecnológica según la cual centralizar información siempre produce eficiencia y descentralizarla siempre produce caos. En materia de privacidad ocurre lo contrario. La fragmentación puede ser una forma accidental de protección. Un funcionario que necesita consultar cinco sistemas diferentes encuentra obstáculos. Una plataforma que permite consultar los cinco desde una misma interfaz elimina esos obstáculos. Para el analista es eficiencia. Para el ciudadano puede ser una pérdida de separación contextual.

Y la privacidad necesita precisamente de esos contextos.

Que el Estado sepa que fui al hospital no significa que deba saber con quién hablé ayer. Que sepa que crucé una frontera no significa que deba reconstruir mis relaciones sociales. Que conozca mi declaración tributaria no significa que deba conocer automáticamente mis hábitos de navegación. Que una entidad tenga legalmente acceso a determinada información no significa necesariamente que todas las demás entidades deban tener acceso a ella mediante una misma interfaz.

La pregunta fundamental, entonces, no es únicamente si cada dato fue obtenido legalmente. Es si la combinación de datos produce una capacidad de vigilancia proporcional al propósito original.

Ese es el verdadero peligro del llamado “function creep”: una tecnología se implementa para una finalidad legítima y posteriormente comienza a utilizarse para otras. Primero salud pública. Después seguridad. Luego migración. Después inteligencia. Luego prevención del delito. Luego análisis financiero. Finalmente, alguien descubre que todo está conectado y que sería “ineficiente” mantener los sistemas separados. Así es como una excepción temporal puede convertirse lentamente en infraestructura permanente.

La historia de Internet está llena de sistemas construidos con buenas intenciones que terminaron teniendo usos que sus creadores no imaginaron. Y el problema es particularmente delicado cuando la infraestructura queda en manos de un gobierno que todavía no conocemos. Un presidente puede utilizar una herramienta para perseguir narcotraficantes. Otro puede utilizarla contra organizaciones criminales. Otro puede considerarla útil para combatir terrorismo. Y otro, dependiendo de la calidad de las instituciones, podría interpretar como “amenaza” aquello que simplemente constituye oposición política, protesta social o periodismo incómodo. El software permanece. Los gobiernos cambian.

Por eso el debate no debería estar centrado exclusivamente en si Abelardo de la Espriella es de derecha (mismo quién expreso querer destripar la posición), si Gustavo Petro era de izquierda o si el próximo presidente será de cualquier otro signo. Esa es una discusión mucho más pequeña que el problema que tenemos delante. La pregunta importante es qué infraestructura de poder estamos construyendo y qué controles quedarán instalados sobre ella. Una tecnología de vigilancia excesivamente poderosa es peligrosa no porque determinado presidente necesariamente vaya a abusar de ella, sino porque ningún ciudadano debería depender de la buena voluntad eterna de quien ocupe la Casa de Nariño.

Y aquí la actualidad vuelve a poner combustible sobre la discusión.

En agosto de 2026, el secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth anunció que Colombia había autorizado operaciones militares conjuntas de Estados Unidos en territorio colombiano contra el narcoterrorismo, dentro de la incorporación del país al denominado “Escudo de las Américas”. El anuncio ha generado cuestionamientos sobre soberanía, mando y el alcance jurídico de esa cooperación. La información disponible permite afirmar la existencia de esa autorización anunciada para operaciones militares conjuntas con Estados Unidos.

Y con Israel ocurre algo parecido. El gobierno de De la Espriella ha realizado un giro profundo en la política exterior colombiana respecto de Israel (incluso reconociendo territorios de “Israel” que solamente dos países en el mundo reconocen, ósea un retroceso histórico) y ha anunciado nuevas formas de cooperación. Palantir, por su parte, sí mantiene una relación documentada con el Ministerio de Defensa israelí desde 2024.

Y esto, lejos de debilitar la preocupación, la hace más seria. Porque cuando hablamos de privacidad y vigilancia no necesitamos inventar una conspiración para formular preguntas legítimas. De hecho, las conspiraciones suelen ser una forma bastante mediocre de analizar el poder: sustituyen los documentos por sospechas y terminan facilitando que las instituciones respondan “eso es una teoría”. Los documentos, en cambio, son mucho más incómodos.

Tenemos un acuerdo real de Palantir con el DAPRE en 2020. Tenemos un antecedente real de una propuesta de Palantir para inteligencia policial en 2012. Tenemos una empresa cuya tecnología se encuentra profundamente integrada en operaciones gubernamentales, militares y de inteligencia de distintos países. Tenemos una asociación pública con el Ministerio de Defensa israelí. Tenemos contratos con organismos estadounidenses como ICE y el Ejército. Tenemos en 2026 una propuesta pública en Colombia para construir una plataforma nacional de inteligencia interinstitucional inspirada en tecnologías de este tipo. Y tenemos un nuevo gobierno que ha decidido profundizar la cooperación militar con Estados Unidos. Cada pieza por separado puede explicarse. La pregunta democrática es qué ocurre cuando comienzan a ensamblarse.

El peligro de conectar todos nuestros datos

Hay además un problema que rara vez aparece en las discusiones oficiales: la dependencia tecnológica. Cuando un Estado entrega una función crítica a una plataforma privada, no solamente compra software. Compra conocimiento, capacitación, infraestructura, actualizaciones, soporte, integraciones y una determinada manera de interpretar sus propios datos. Con el tiempo puede aparecer una dependencia difícil de revertir. Cambiar de proveedor no significa simplemente desinstalar un programa. Significa reconstruir conectores, procesos, modelos, permisos, interfaces, flujos operacionales y capacidades humanas. El proveedor puede terminar convirtiéndose en una pieza estructural del Estado.

Eso también es soberanía.

Imagen sacada de acá.

La soberanía digital no significa que todos los servidores deban estar físicamente dentro de Colombia ni que toda tecnología extranjera sea mala. Sería absurdo. Colombia utiliza infraestructura, software y servicios extranjeros en prácticamente todos los niveles de su economía. La cuestión es quién tiene el control efectivo de la información, bajo qué jurisdicción, con qué garantías de auditoría y qué sucede cuando los intereses del proveedor entran en conflicto con los intereses del Estado colombiano. El NHS británico, por ejemplo, ha tenido que establecer contractualmente que Palantir actúe como procesador, que los datos permanezcan bajo jurisdicción británica y que determinados accesos estén restringidos. Incluso en ese caso, el debate político y social sobre la dependencia continúa.

Colombia debería exigir, como mínimo, un nivel de transparencia equivalente o superior antes de colocar información sensible de millones de ciudadanos dentro de una infraestructura de inteligencia extranjera. No basta con decir “los datos estarán seguros”. Todos los proveedores dicen eso. La seguridad técnica es necesaria, pero no suficiente. Un sistema puede estar perfectamente protegido contra hackers y, al mismo tiempo, ser utilizado de forma desproporcionada por quienes tienen credenciales legítimas. El problema de privacidad no es solamente el atacante externo. También es el administrador interno, el funcionario con acceso excesivo, la modificación de políticas, el cambio de gobierno y la posibilidad de que una herramienta diseñada para una finalidad termine siendo utilizada para otra.

De hecho, el propio caso colombiano de 2020 muestra por qué la transparencia es tan importante. El informe del DAPRE describía controles técnicos y administrativos, autenticación de doble factor, restricciones de acceso y principios de mínimo privilegio. Eso es positivo. Pero una auditoría de seguridad no responde por sí sola a una pregunta política: ¿era proporcional integrar determinada información y durante cuánto tiempo debía conservarse? Seguridad informática y privacidad no son sinónimos. Puedes tener un servidor perfectamente blindado que almacene demasiada información sobre demasiadas personas durante demasiado tiempo.

Y entonces llegamos a la pregunta que quizás debería quedar flotando al final de todo esto: ¿qué significa ser anónimo en una sociedad donde prácticamente todo puede convertirse en dato?

Quizás significa aceptar que desaparecer por completo ya no es una posibilidad realista. Pero también significa entender que privacidad no es esconderse porque uno tenga algo que ocultar. Esa frase, repetida hasta el cansancio, contiene una de las trampas filosóficas más peligrosas de la era digital. La privacidad no existe para proteger únicamente al culpable. Existe para permitir que el inocente pueda pensar, equivocarse, investigar, protestar, amar, leer, hablar y cambiar de opinión sin sentir permanentemente que existe una cámara invisible registrando cada movimiento.

Una democracia necesita espacios donde el ciudadano pueda ser imperfecto sin convertirse inmediatamente en un perfil.

Porque si cada búsqueda, cada ubicación, cada conversación, cada fotografía, cada movimiento financiero y cada relación social puede convertirse en una variable dentro de un modelo predictivo, entonces la libertad comienza a cambiar de naturaleza. Ya no hace falta que alguien nos prohíba algo. Basta con que sepamos que estamos siendo observados para comenzar a autocensurarnos. El poder más eficiente no siempre es el que golpea la puerta. A veces es el que consigue que nunca lleguemos a tocarla.

Y ese es, quizás, el verdadero ojo de Palantir.

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No necesariamente un ojo que lo ve todo, como suele representarse en las narrativas conspirativas, sino algo mucho más sofisticado: un sistema capaz de hacer visibles relaciones que antes estaban escondidas dentro de millones de registros separados. El peligro no está en que una máquina conozca cada detalle de nosotros. Está en que una máquina pueda ayudar a alguien con poder a decidir qué detalles importan.

Por eso la discusión sobre Palantir en Colombia no debería reducirse a “Palantir es buena” o “Palantir es mala”. Esa es una discusión demasiado infantil para una tecnología demasiado poderosa. La pregunta real es quién define los límites, quién puede auditar el sistema, quién controla las conexiones, quién responde por los errores, qué derechos conserva el ciudadano y qué sucede cuando el gobierno que hoy promete utilizar la tecnología contra el narcotráfico realmente cumpla con ello y no que también la utilice para perseguir opositores.

El problema no es que Colombia quiera inteligencia artificial.

El problema sería que Colombia construyera una máquina de inteligencia estatal tan poderosa que, una vez instalada, ningún gobierno pudiera resistirse a utilizarla.

Porque entonces ya no estaríamos hablando simplemente de tecnología.

Estaríamos hablando de poder.

Y el poder, cuando consigue recordarlo absolutamente todo, tiene una característica que ningún ciudadano debería olvidar: nunca duerme, nunca olvida y, si no existen límites claros, tampoco necesita pedir permiso para aprender cada vez más sobre nosotros.

Soberanía digital y dependencia tecnológica

Para quienes usamos Internet todos los días, la respuesta tampoco puede ser abandonar la tecnología y refugiarnos en una cueva. Eso sería romántico, pero bastante inútil. La respuesta razonable es reducir nuestra exposición. Contraseñas únicas y largas, autenticación multifactor, dispositivos actualizados, cifrado, permisos mínimos para las aplicaciones, compartimentación de identidades y cuidado con la información que publicamos son medidas mucho más importantes que cualquier fantasía de invisibilidad absoluta. Cuando el anonimato sea realmente necesario, herramientas como Tor pueden reducir significativamente la trazabilidad frente a determinados observadores, aunque ninguna herramienta convierte mágicamente a una persona en invisible. Una VPN tampoco es una capa de invisibilidad: desplaza parte de la confianza desde el proveedor de Internet hacia el proveedor de VPN.

Y, sobre todo, debemos aprender a preguntar.

Preguntar qué datos se recopilan. Preguntar quién los procesa. Preguntar durante cuánto tiempo. Preguntar dónde se almacenan. Preguntar quién puede acceder. Preguntar qué algoritmos se utilizan. Preguntar qué ocurre cuando el algoritmo se equivoca. Preguntar si una persona puede conocer por qué fue clasificada de determinada manera. Preguntar si existe una auditoría independiente. Preguntar qué sucede cuando cambia el gobierno. Preguntar qué ocurre cuando cambia el proveedor.

Porque la privacidad no se pierde el día en que aparece una gran plataforma de inteligencia. Se pierde mucho antes.

Se pierde cuando dejamos de hacer preguntas sobre ella.

¡En fin! De agregar que toda está investigación fue posible gracias a NotebookLM, no es publicidad (en lo absoluto) pero si es una muy buena herramienta para recopilar, procesar y analizar información interna, hacerlo de forma manual llevaría meses, ahora solo lleva horas para construir, interpretar y organizar la información correspondiente, con fuentes fiables y verificables. Todo esto lo menciono en harás de la transparencia.

Claramente el proceso de redacción es inspiración nata y quizás indignación política, nada más. Por otro lado, añadiré a tal artículo ayuda visual y audio generado con NotebookLM para que pueda ser mejor interpretado debido a que la lectura es muy extensa y puede ser más inclusivo. Si rechazas el uso de tales herramientas simplemente no hagas uso de ella y lee el texto plano ¡Saludos!

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