Desde el principio quiero aclarar que no estoy a favor de ningún bando. Son dos naciones con una larga historia, cada una con sus razones y motivaciones que, desde mi punto de vista, solo puedo comprender parcialmente y que, en su defecto, me llevaría años estudiar a profundidad. Lo que sí tengo claro es que nadie gana en la guerra: ambos pierden, en mayor o menor medida, pero siempre hay pérdidas.
¿Que si es una invasión por parte de Rusia? Claro. La propia Asamblea General de las Naciones Unidas calificó en 2022 la acción rusa como una agresión y exigió el retiro de sus fuerzas de Ucrania ¿Que si Ucrania comenzó primero con los ataques del Donbás? Aquí la historia se vuelve bastante más compleja y no sería correcto reducirla a una frase. El conflicto armado en el este de Ucrania comenzó en 2014, después de la ocupación rusa de Crimea y de la toma de edificios y territorios en partes de Donetsk y Lugansk por grupos armados. Posteriormente, el Gobierno ucraniano inició una operación militar para recuperar el control de esos territorios. Es decir, hubo hostilidades, abusos y responsabilidades de diferentes actores desde mucho antes de la invasión a gran escala de 2022.

¿Que ambos tienen enormes aparatos de propaganda? También. ¿Que se han documentado vulneraciones de los derechos humanos por parte de ambos bandos? Sí. La diferencia está en que reconocer la existencia de abusos en ambos lados no significa afirmar que todos tengan la misma magnitud, frecuencia o responsabilidad. La propia ONU ha documentado violaciones cometidas tanto por fuerzas rusas como por fuerzas ucranianas, incluidas torturas y malos tratos a prisioneros de guerra y ejecuciones de personas fuera de combate.
En algún momento intenté comprender cómo me volví tan fanático del cine bélico y, en general, de todos los medios que existan respecto a la guerra, sean música, películas, videojuegos, documentales, libros, etc. Recuerdo que desde muy chico tuve esta fascinación. Podía pasar horas observando dicho material sin aburrirme y quizás los niños de mi edad podían centrarse en cosas más infantiles. De ahí que, en su momento, hice un listado en mi biografía acerca de mis películas favoritas. Creo que todas, en su mayoría, son del cine bélico: desde Salvando al Soldado Ryan, La chaqueta metálica, hasta Forrest Gump, Malditos bastardos y etc. —las más icónicas—.
Creo que esto también tiene que ver con la historia familiar. Mucha familia enlistada en las filas del Ejército; de hecho, mi papá es pensionado del Ejército. Aunque nunca viví con él, sí compartí a distancia algunas charlas y algunos objetos. Quizás, sin darme cuenta, aquella cercanía indirecta con lo militar (también me enliste, otra historia) terminó alimentando una fascinación que durante años simplemente consideré normal.
La cuestión es que ahora reflexiono acerca de lo que pasa universalmente en cuanto a la guerra, que de hecho parece que nunca ha cesado. E incluso no tendría que irme tan lejos: mi país, Colombia, tiene una historia de conflicto armado interno que se ha prolongado durante décadas. Podría darles cátedra las veces que quisiera porque nadie se ha salvado y desde muy niño he visto cuánta cantidad de aberraciones que deja la guerra.
Retomando el tema principal, observo la guerra entre Rusia y Ucrania con un surgir de curiosos pensamientos que quiero compartir.
Se puede decir que esta guerra ha marcado un antes y un después. Es aquí donde hemos podido ver cómo muchas ramas y subramas de los ejércitos han cambiado. Atrás quedó parte de aquella guerra tradicional con tácticas ya muy quemadas en películas y series. Ahora se puede ver un poco de todo: desarrollo tecnológico, guerra electrónica, inteligencia, reconocimiento mediante drones, ataques de precisión y una dependencia enorme de la logística.
Los drones y la logística se han convertido en protagonistas especialmente visibles de esta guerra. No porque hayan reemplazado a todo lo demás, sino porque han demostrado que una fuerza militar puede tener excelentes equipos y aun así encontrarse limitada si no puede producir, reparar, transportar y reponer aquello que necesita. Los análisis militares realizados durante estos años han señalado precisamente la creciente importancia de los drones, sus contramedidas y las líneas logísticas. RUSI, por ejemplo, ha documentado cómo los ataques mediante drones contra las cadenas de suministro rusas han comenzado a afectar rutas, combustible e infraestructura situada muy lejos de la línea de contacto.

Esta guerra lleva cuatro años y seis meses —al momento de escribir estas líneas— y se ha convertido en un gigantesco laboratorio de adaptación militar. Muchos estrategas, jefes políticos, oficiales de diferentes ejércitos, analistas de guerra y otros tantos profesionales de la materia han tenido que modificar sus previsiones a medida que ambos bandos se adaptan.
Desde el comienzo se hicieron pronósticos que terminaron demostrando ser demasiado optimistas o demasiado pesimistas. Una de las primeras expectativas era que Rusia pudiera conseguir una victoria rápida, pero la guerra terminó convirtiéndose en un conflicto prolongado. Cuatro años después, ambos ejércitos han demostrado una capacidad de adaptación considerable: modificando tácticas, desarrollando nuevas tecnologías, optimizando recursos, buscando nuevas fuentes de personal y aumentando la producción de determinados sistemas.
Los drones son quizá el ejemplo más evidente. RUSI ha señalado que Rusia y Ucrania han desarrollado y adaptado masivamente sistemas no tripulados, mientras que el campo de batalla ha evolucionado hacia una integración cada vez mayor entre drones, artillería, infantería, inteligencia y otros sistemas.
Y aquí aparece una cuestión que me resulta especialmente interesante: si ambos bandos continúan adaptándose, ¿cuánto puede durar una guerra que constantemente encuentra nuevas formas de continuar?
En lo profundo hace pensar de qué esto no va a tener fin hasta que haya una negociación entre la OTAN y Rusia. Realmente no tengo la respuesta y nadie debería estar tan seguro de tenerla.
Puede acabar mañana, dentro de unos meses o prolongarse durante años. Existen análisis que apuntan a un conflicto todavía prolongado y de desgaste, pero cualquier fecha exacta sería casi como una apuesta. Al final, la guerra puede terminar cuando menos lo esperemos. ¡Amanecerá y veremos!
La guerra en primera persona
Lo que me ha inspirado a realizar este artículo es que desde hace algún tiempo vengo siendo fiel seguidor del canal Visión Militar en YouTube, canal que se ha dedicado a narrar y mostrar, en primera persona, filmaciones provenientes de GoPros y bodycams utilizadas por miembros del Ejército ucraniano.

Esto ha permitido obtener una perspectiva muy particular del campo de batalla: sus estrategias, la tecnología utilizada, los errores, los horrores y un largo etcétera. Todo desde la comodidad de tu sofá.
¡Ha sido una revolución! ¿Qué mejor cine bélico que esto?
Aunque… es precisamente esa parte la que me ha puesto a reflexionar y concluir muchas cuestiones lamentables detrás.
Y es que, como lo mencioné desde un principio, ambos ejércitos poseen enormes estructuras de comunicación y propaganda. El problema es que cuando nosotros recibimos imágenes desde un solo lado del conflicto, inevitablemente estamos viendo una selección de la realidad.
No significa que todo el material sea falso. De hecho, muchas de estas grabaciones son documentos extraordinariamente valiosos para comprender cómo se combate en una guerra moderna. Pero una cámara también puede convertirse en una herramienta narrativa. Lo que se graba, lo que se publica, lo que se corta y aquello que nunca llega a nosotros también construye una historia.
Sea por el veto, por razones militares o simplemente por la política comunicativa del propio Estado, Rusia ha documentado y difundido de manera muy diferente su participación en la guerra. En el ecosistema ruso también existen canales y redes que distribuyen imágenes extremadamente violentas. Durante determinados periodos, grupos como Wagner tuvieron una enorme presencia propagandística en Telegram y otros espacios digitales.
Después de la muerte de Yevgueni Prigozhin en 2023, Wagner dejó de funcionar como la misma estructura que conocíamos durante los años anteriores y buena parte de sus efectivos y capacidades fueron reorganizados o absorbidos por estructuras vinculadas al Estado ruso. Por eso, más que hablar de una desaparición absoluta, sería más correcto hablar de una transformación.
Y esto me lleva al primer punto.
La “humanidad” —con todo el peso que representa dicha palabra— y el respeto por los derechos humanos no desaparecen porque exista una guerra.
En dichos vídeos, especialmente cuando son publicados desde una perspectiva favorable a Ucrania, es fácil encontrar una narrativa en la que unos aparecen como los buenos y otros como los malos. Para alguien crítico, también es posible preguntarse cuánto de aquello que estamos viendo es espontáneo y cuánto está condicionado por la selección del material.
Pero hay algo que no deberíamos olvidar: una guerra no suspende el derecho internacional humanitario.
Hay partes en las que, incluso en los videos de YouTube distribuidos sin limitaciones, se puede observar cómo son vulnerados tales derechos. En algunos de ellos se pueden observar momentos en los que, por cuestión de segundos, terminan de rematar a alguien o, incluso, cuando muestra señales claras de rendición, terminan llenándolo de balas. También se observan militantes que ya no poseen su armamento y que son acabados vilmente. Eso es realmente preocupante; desde hace rato dichos derechos humanos se acabaron. Y, claro, de seguro hay cientos de informes periodísticos que documentan faltas cometidas por ambos bandos. Trataré de enlazar algunas fuentes, lo que hace que todo esto sea lamentable.

Otro asunto que me ha llamado profundamente la atención es el negocio de la guerra, porque detrás de todo este conflicto también existen personas que terminan convirtiéndose en parte de una maquinaria que probablemente nunca comprendieron completamente hasta estar dentro de ella. Solo desde Colombia, para el 9 de junio de 2026, la Cancillería contaba al menos 670 colombianos desaparecidos y 173 fallecidos en relación con el conflicto entre Rusia y Ucrania, sumando los casos conocidos de personas vinculadas a ambos bandos. Detrás de esas cifras quedan familias fragmentadas que, más allá de sobrellevar los problemas locales y décadas de conflicto interno, tienen ahora que vivir con el fatal resultado que dejó una guerra extranjera, una guerra ajena que se encuentra a miles de kilómetros de nosotros.
Y aquí quiero hacer una aclaración para que no se malinterprete lo que estoy diciendo. No pretendo restarle importancia a Rusia, Ucrania, sus pueblos, su cultura o su larga historia; precisamente desde el principio expliqué que es una historia demasiado compleja como para pretender comprenderla completamente desde nuestra posición. Lo que cuestiono es cómo hemos llegado al punto en que una persona de Colombia, un país que todavía intenta sobrellevar las consecuencias de décadas de conflicto armado, termina viajando al otro lado del mundo para formar parte de una guerra que no comenzó en nuestras fronteras. Y no lo digo desde una superioridad moral, porque las razones que llevan a cada persona a tomar una decisión así pueden ser completamente diferentes: dinero, convicciones, necesidad, aventura, ideología o simplemente circunstancias de la vida. Lo que sí me resulta difícil de ignorar es que, al final, detrás de cada contratación, cada uniforme y cada cifra existe una persona que puede no volver a casa.
Y eso me hace pensar precisamente en lo rentable que puede llegar a ser una guerra. No únicamente para quienes fabrican armamento, sino también para quienes encuentran en ella una fuente de ingresos, una oportunidad o incluso una forma de vida. La guerra crea demanda de armas, municiones, drones, vehículos, combustible, comunicaciones, transporte, inteligencia, mantenimiento y, por supuesto, personal. Todo esto termina formando una enorme cadena económica que continúa funcionando mientras en algún punto de ella alguien está intentando sobrevivir. Es una contradicción bastante oscura: mientras para unos la guerra significa pérdidas, desplazamiento y muerte, para otros puede significar contratos, empleos, producción y ganancias.
Lo que antes podría haber sido un secreto de Estado, ahora está a nuestro alcance. Y aunque apoyo la documentación de la guerra —dichas grabaciones en primera persona— debido a que todo esto ayuda en la construcción de las páginas de la historia, también noto que de fondo existe algo perturbador. Pensar que desde nuestra propia comodidad podemos observar literalmente cómo acaban con la vida de otra persona, de una forma más lamentable que la anterior, hace que empiece a preguntarme si realmente estamos documentando la guerra o si también estamos comenzando a consumirla como entretenimiento.
Porque una cosa es estudiar una batalla ocurrida hace décadas mediante fotografías, libros o documentales, y otra muy diferente es sentarse frente a un computador y observar, casi en tiempo real, cómo una persona intenta acabar con la vida de otra. La distancia física desapareció, pero también parece haber desaparecido parte de la distancia emocional que antes existía entre nosotros y estos acontecimientos. Ahora basta con entrar a una plataforma, buscar determinado contenido y encontrarnos con imágenes que hace algunos años probablemente jamás habríamos podido observar con tanta facilidad.
Y es ahí donde aparece una pregunta bastante incómoda: ¿en qué momento la documentación comienza a convertirse en morbo?
No tengo una respuesta definitiva. De hecho, esa es precisamente la razón por la que me genera tanta contradicción este tipo de contenido. Por un lado, considero que estas grabaciones son documentos históricos extraordinariamente valiosos. Permiten conocer cómo se combate realmente, qué tecnologías se utilizan, cómo reaccionan los soldados y cómo ha cambiado el campo de batalla. Pero por otro lado, también existe un público que llega precisamente buscando las imágenes más violentas, aquellas que muestran la muerte de la manera más explícita posible. Y si existe público, inevitablemente aparece alguien dispuesto a producir contenido para ese público; Una imagen que, años atrás, no imaginaríamos ni en broma. A duras penas, en su momento, se pudieron ver filtraciones de crímenes de guerra de Estados Unidos en Irak y Afganistán etc. En fin, surrealista.
Al final de todo, aunque la guerra termine, la huella que va a dejar en dichos territorios será tristemente innegable. Más allá de las propias víctimas, que son todos los civiles que quedaron en medio, también existe un enorme impacto ambiental del que incluso diferentes organismos internacionales ya han advertido. Los territorios que alguna vez fueron grandes campos verdes, enriquecidos de fauna y flora, terminan convertidos en extensiones de tierra destruidas por explosiones, incendios, contaminación y cráteres provocados por los constantes enfrentamientos. Y en medio de todo esto no solamente se quedan sin hogar las víctimas civiles; también lo hace la fauna que habitaba esos lugares, completamente inocente de lo que ocurre alrededor.


La guerra no entiende de ecosistemas.
Una explosión no distingue entre un soldado y un bosque. Una contaminación no pregunta quién está de acuerdo con la guerra antes de afectar un río. Una mina no sabe si quien camina sobre ella es un combatiente o un animal. La naturaleza simplemente recibe las consecuencias de algo que nosotros mismos decidimos comenzar.
Que puedo decir… Parece que somos la especie más tóxica que ha tocado el planeta, acabando con todo lo que se nos pone en medio, y es triste.
Y no escribo esto como un moralista ambientalista que está redactando estas líneas desde un equipo con un alto consumo energético, ni como alguien que pueda decir que su propio estilo de vida está libre de contradicciones. Sería bastante hipócrita hacerlo. Lo escribo más bien para intentar dimensionar todas las víctimas que deja una guerra, independientemente de cuál sea tu posición frente al conflicto. Porque cuando hablamos de guerra solemos pensar inmediatamente en los soldados, en los tanques, en los misiles, en los drones o en quién está ganando territorio, pero rara vez nos detenemos a pensar en todo aquello que queda detrás de cada enfrentamiento; es lo que baja la nota ser consciente de esas realidad.
Al final solo nos queda aprender lo que allí ocurre e intentar evitar que pase en nuestras naciones, aunque visto lo visto con la tendencia política actual, casi imposible.
Si te gusto este artículo o quieres hacer algún aporte y/o corrección, adelante… Dispara en los comentarios.
Fuera de las fuentes enlazadas propiamente en el texto para casos particulares, agrego que la principal fuente de información acerca de está guerra fue estudiado en: https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_ruso-ucraniana


Ucrania ha sido y es un simple peón en la lucha geoestratégica de USA vs Europa+Rusia: venta de armamento, aumento en presupuesto OTAN, compra masiva de Gas licuado procedente de esquisto, eliminación de Europa como actor global (suponiendo que lo fuera tras la 2GM. Un “win-win” de manual.
Estoy de acuerdo, USA parece ser ese familiar que siempre llega a tomar provecho cuando ve la oportunidad, mientras tanto se mantiene alejado esperando tu caida.
Saludos.