Llevaba más de un año dándole vueltas a este artículo, posponiéndolo como si necesitara un permiso que nunca llegó. La verdad es que no hay momento correcto para hablar de Crystal Castles. Nunca lo hubo. La música te golpea antes de que puedas procesarla, antes de que la moral te diga lo que debes sentir. Siempre hay alguien que grita “¡no puedes escuchar eso!” y, por un instante, piensas que tienes que escuchar ese grito, pero luego recuerdas que la música no pide permiso. Y no lo pedirá jamás.
Recuerdo una vez, años atrás, cuando le pasé a alguien una sesión completa de CC. La reacción fue instantánea: incredulidad y repulsión. “¿Cómo puedes escuchar eso? ¿Después de lo que hizo Ethan a Alice?” No puedo mentir: me parecío absurdo. Alice Glass era gigante, insustituible, y todo lo que hizo en esa banda fue brillante. Pero la música… la música no es culpable. Nunca lo fue. No hubo condena, no hubo juicio que probara algo, no hubo cierre. Solo rumores, acusaciones, negaciones y un público hambriento de certezas fáciles. Y aun así, cada nota sigue allí, cortando como un bisturí, penetrando más profundo que cualquier narrativa moral.
Escuchar Crystal Castles es como caminar por un callejón oscuro con el miedo pegado a la espalda, sabiendo que algo puede salir de la sombra en cualquier instante y aún así no mirar atrás. Cada “Alice Practice”, cada “Concrete”, cada distorsión electrónica, es un grito de un mundo que no escuchó, que los descartó, que no creyó que merecieran existir. La música se alimenta de eso. De exclusión, de rabia, de dolor. Y tú lo escuchas y, de alguna manera, te calma o eso me pasa a mi. Es una paz que solo el caos puede dar. Es una tranquilidad construida sobre heridas abiertas.
Lo más jodido de todo esto es que el mundo quiere dividirlo todo en blanco y negro. Quiere que odies al artista y te alejes del arte, o que ignores la historia y sigas adelante como si nada. Pero esa lógica es basura. El arte de Crystal Castles no pertenece a ninguna moralidad impuesta. Es un golpe crudo, directo, que te arrastra y te obliga a enfrentarte a lo que eres, a lo que toleras, a lo que no puedes dejar ir. Escuchar “Celestica” o “Suffocation” es asumir que vas a sangrar un poco por dentro, y que eso está bien porque aquí a dentro no hay reglas.
No puedes basar tu experiencia estética en conjeturas sociales. La música no se disculpa, no se retrata, no se redime. Te atraviesa, te rompe, te construye, te destruye. Ethan Kath, con todas sus sombras, creó un lenguaje de caos que nadie más podía tocar. Y eso, me guste o no, me define como oyente y como escritor. Me inspira, me mueve, me enseña a lanzar mis palabras sin miedo, sin filtro, sin censura.
Lo que muchos no entienden es que escuchar Crystal Castles no es un pasatiempo. Es una elección de confrontación. No hay confort aquí. Cada canción es un recordatorio de que el mundo es cruel y que la belleza puede nacer de los lugares más enfermos y oscuros. Cuando cierro los ojos y pongo “Frail” o “Enth”, siento la violencia contenida de esos primeros años, la urgencia de gritar y que nadie escuche. Esa urgencia me pertenece. Esa urgencia nos pertenece.
No es poesía. No es “inspirador” en un sentido convencional. Es brutal. Es antihéroe. Es un espejo de todo lo que te han dicho que no deberías ser. La música de CC es un infierno donde puedes entrar y, si eres valiente, salir intacto solo en espíritu, con la cabeza clara y el corazón acelerado. Y si eres débil… bueno, te arrastra hasta la locura. Así de simple.
Este artículo, lo admito, nace de de la furia social. No busca justificar a nadie, ni limpiar la conciencia. Estoy aquí porque no puedo escuchar esa música sin sentir que pertenece a mí. Porque aunque Alice fue un faro, aunque Ethan es un monstruo para algunos, el ruido que dejaron es mío. Mi sangre vibra con ellos (en sus mejores tiempos). Mis sesiones de escritura estuvieron sumergidas con mucha de su música, en oscuridad, con algo de rabia, miedo o el sentimiento por el cual fuera a escribir en ese momento; de allí no hay moral que lo borre.
CC no murió cuando cancelaron los conciertos. No murió cuando la prensa los enterró. Murió en la cabeza de quienes creyeron que podían apagar el ruido con un juicio moral. Pero la música, la real, la que sangra, la que grita y corta, sigue viva. Yo la escucho, la siento, la dejo que me atraviese. Crystal Castles es eso. Una explosión en la cara del mundo. Brutal, cruda, cruel, hermosa. Y espero que en algún momento vuelva más fuerte que nunca y pues, que haya actividad músical para que sean más años de luz y oscuridad en este hermoso (ja) planeta.
Alternativas a Crystal Castle que escucho:
| Kismet | Malcriada | Pastel Ghost |
| Sidewalks and Skeleton | TR/ST (Trust) | Mareux |
| Grimes | Boy Harsher | IC3PEAK |

