Qué un escritor sobre tecnología, internet y algo de filosofía decida escribir sobre política es porque la cosa escaló a otro nivel, y sí, este es mi caso. De antemano pido excusas a quienes leen este espacio de forma recurrente solo para temas de seguridad y privacidad, aunque el blog en sí engloba todos los aspectos de mi vida. Como bien recuerdo a uno de mis profesores de secundaria expresar: «El hombre es por naturaleza un animal político», frase que claramente proviene de Aristóteles, quien sostenía que el ser humano alcanza su plenitud viviendo en polis (ciudad-estado), porque solo en comunidad política se realizan el lenguaje, la justicia y la vida buena. ¿Se entiende la idea? Es parte de nuestra naturaleza social.
Lo anterior es importante: no pretende justificar el ruido político, sino mostrar que lo político es inherente a nosotros.
Ahora sí, comencemos con este artículo, del que advierto que puede ser algo extenso o quizás no, mientras escribo voy imaginando mentalmente un índice, resaltando que todavía existe esa inteligencia artesanal jajaja
¿Cuál es el panorama político actual en Colombia?
Colombia hoy, más que nunca, a la fecha en que escribo esto —17/06/2026 siendo las 00:30— se encuentra en un ambiente totalmente polarizado y hostil. Sin hacerme a un lado de ninguno de los dos bandos, puedo decir con seguridad que el país ha sido atravesado por algo más peligroso que un partido político: la lógica de la desinformación.
Fake news, bodegas digitales, redes sociales automatizadas, propaganda paga y usuarios no reales actuando en nombre de partidos, junto con unos medios tradicionales que no cumplen su función esencial de informar. En lugar de eso, han caído en lo sensacionalista, generando zozobra, exageración y un mal ambiente general.
Las redes sociales, en este contexto, han funcionado como una herramienta de doble filo. Para un sector de la población han sido útiles porque permiten desconfiar de los medios tradicionales y buscar información alternativa. Pero al mismo tiempo han amplificado el problema, porque se convierten en el principal canal de difusión de información no verificada.
En la era de la inmediatez, el usuario promedio no verifica nada. Reacciona primero, comparte después y, sin darse cuenta, termina amplificando la misma desinformación que lo afecta. Ese ciclo, repetido millones de veces, intoxica no solo la opinión individual, sino también el entorno cercano.
El resultado de todo esto es visible en la calle. La política empezó a vivirse como si fuera fútbol. Dos hinchadas enfrentadas, banderas en lugar de argumentos, identidad política convertida en identidad emocional. De ahí surge lo inevitable: insultos, amenazas y agresiones físicas o simbólicas.
Y en ese punto uno se detiene y piensa: ¿hasta dónde hemos llegado realmente? ¿Esto sigue siendo democracia o es una democracia emocionalmente secuestrada?
El diálogo dejó de ser la primera herramienta y pasó a ser la última. Y en su lugar apareció otra cosa: la competencia por quién logra imponer mejor su relato.
En ese escenario aparece el “Tigre”, un candidato que domina el lenguaje del marketing político como pocos. No es una crítica superficial, es un hecho observable: su campaña introduce inteligencia artificial, estética audiovisual de alto impacto, música, narrativas de show y una comprensión profunda del ecosistema de redes sociales. Desde el inicio logra posicionarse en TikTok, y eso en la política actual ya no es un detalle menor, es una ventaja estructural.
Del otro lado, Iván Cepeda se mantiene más reservado. Su comunicación es más sobria, menos agresiva en términos de impacto digital, y en un entorno donde la velocidad del contenido define la atención, esa sobriedad puede convertirse en desventaja narrativa.
La cuestión central es que el Tigre, a punta de intensidad comunicativa, lenguaje directo, provocación y una estética casi cinematográfica, ha logrado conectar con una parte importante del electorado colombiano. Y eso, independientemente de la simpatía o rechazo que genere, es un fenómeno político real que no se puede ignorar.
¿Quiénes son y qué representan?
Para entender mejor todo esto, hay que describir a los dos candidatos que hoy encarnan parte de la disputa política del país.
Iván Cepeda es un político colombiano asociado a la defensa de los derechos humanos, la memoria del conflicto armado y las víctimas. Su figura está profundamente ligada a la historia reciente de violencia en Colombia, no solo desde lo político, sino también desde lo personal y lo simbólico.
Su visión del país parte de una premisa clara: el conflicto no se entiende solo desde la seguridad, sino desde sus causas estructurales. Por eso su enfoque se centra en la transformación social, la intervención del Estado en la desigualdad, la reparación histórica y el fortalecimiento de la justicia social.
En términos simples, representa una visión donde el Estado debe ser más activo en corregir las fracturas históricas del país. Para sus seguidores, eso es justicia. Para sus críticos, es una apuesta riesgosa en términos económicos e institucionales.

Abelardo de la Espriella es abogado, figura mediática y un actor político construido desde la exposición pública y la confrontación directa. Su discurso se estructura alrededor del orden, la autoridad, la seguridad y la recuperación del control institucional frente al crimen y la corrupción.
Su estilo político no depende tanto de la complejidad programática, sino de la fuerza narrativa. Es una política del impacto, del mensaje directo, del choque emocional. Para sus seguidores, representa firmeza. Para sus críticos, representa un tipo de populismo de derecha con alto potencial de polarización.
Ahora bien,
Mi ideología política y mi visión de estos últimos cuatro años de gobierno y los anteriores
Para entender todo esto y llegar al punto al que quiero avanzar, tengo que partir de mí mismo, de mi experiencia, de mis contradicciones y del porqué de las cosas. Esto no es un ejercicio de ego, sino una forma de dar contexto a lo que digo, porque sin experiencia real el análisis se vuelve demasiado liviano.
Tengo experiencia desde ambos extremos políticos. No desde la teoría, sino desde la vivencia directa. Y eso cambia completamente la forma en que se entiende el país.
No soy politólogo. Pero sí he estado en lugares donde la política no es opinión, sino consecuencia. Y eso pesa más que muchos análisis hechos desde la distancia, desde oficinas cómodas (Al estilo VisualPolitik) o desde países donde el conflicto es solo un objeto de estudio.
En ese sentido, no soy un izquierdista cualquiera. Tengo afinidad con las causas sociales y reconozco en figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda una coherencia histórica en su lectura del conflicto colombiano. Han puesto sobre la mesa temas que durante años fueron ignorados: desigualdad, violencia estructural, víctimas, responsabilidad estatal.
Eso, en Colombia, no es menor. Es incómodo, es polémico, pero necesario.
Aun así, no soy fanático. No lo soy en absoluto. Tengo desacuerdos con varias de sus posturas, y los mencionaré más adelante, porque el pensamiento crítico no puede convertirse en adhesión ciega.
En su momento fui parte de las fuerzas militares. Y eso deja huella. La disciplina, la jerarquía, el orden y la idea de servicio son elementos que siguen siendo valiosos para mí. Pero al mismo tiempo, sé que nada es perfecto. Y que en la historia del país, las instituciones también han tenido responsabilidades complejas que no pueden ignorarse (cómo los falsos positivos).

De ahí nace una contradicción que no considero un error, sino una construcción. Una mezcla interna entre valores de orden y una mirada crítica sobre cómo ese orden se ejecuta en la realidad.
De mi formación militar me quedo con lo que considero positivo: el sentido de servicio y la idea de proteger algo más grande que uno mismo. Pero rechazo cualquier forma de abuso, distorsión del poder o silenciamiento.
También mantengo una postura escéptica, rechazando lo religioso dentro de estructuras institucionales, qué para ser directos: Colombia es un país laico desde 1991 (No hay afinidad a ninguna religión, hay libertad de culto) por lo tanto las FFMM debería seguir dicha norma.
Durante mis años de vida viví de cerca el conflicto en el nordeste antioqueño, una región marcada históricamente por la presencia de actores armados. Allí la violencia no era una teoría, era parte del entorno.
Vi desplazamientos, muertes, amenazas y una cadena de hechos que no deberían formar parte de la vida de nadie. Tanto por parte de guerrillas como de paramilitares. Incluso estuve en riesgo de reclutamiento por ambos bandos en más de una ocasión. Y eso marca la forma en que uno entiende el país.
Porque cuando uno crece en ese contexto, entiende algo que los discursos políticos suelen ignorar: la violencia no empieza con ideologías, empieza con abandono.
Más adelante, cuando creí que esa etapa había quedado atrás, viví el desplazamiento forzado junto a mi familia por parte de los paramilitares. Otra vez la misma lógica: perder territorio, perder estabilidad, empezar desde cero.
Y ahí se entiende el ciclo. El conflicto no es un evento aislado, es una cadena de repetición donde cada vacío institucional alimenta el siguiente actor armado.
Después, al entrar al Ejército, vi el país desde otra perspectiva. Una perspectiva interna del Estado, donde las contradicciones no se ven en discursos, sino en recursos. Podría resumirlo de forma simple: una institución que quiere más de lo que muchas veces puede sostener.
Durante el final del gobierno de Juan Manuel Santos y el inicio del gobierno de Iván Duque, ambos con líneas conservadoras, vi exigencias altas con capacidades limitadas. Operaciones complejas con recursos insuficientes.
Es paradójico que uno, dentro del mismo Estado, se sienta abandonado. Por eso no creo en las palabras populistas del Tigre, porque mientras yo estaba erradicando coca en el Chocó bajo el gobierno de Iván Duque, ellos se llenaban de felicitaciones y premios, y sus generales de medallas, mientras nosotros, en la propia zona, estábamos en algunos momentos incluso sin comida, sin dotación (botas y uniforme rotos), un abandono que nunca pude entender. Mientras sacaban pecho por sus cifras, no podían mantener a su propio Ejército, que era el que lograba aquello que ellos mismos resaltaban.
Jamás se me va a olvidar qué de 10 pelotones sólo teníamos un perro anti explosivos certificado, para una zona donde el riesgo era inminente y no tuvimos opción más que trabajar así… Cuento con suerte de estar hoy escribiendo estás líneas.
Eso genera una paradoja constante: el Estado exige resultados, pero no siempre entrega las condiciones para lograrlos. Y en ese punto uno entiende algo incómodo: incluso dentro del mismo Estado, es posible sentirse abandonado por el Estado.

En el presente, con el gobierno de Gustavo Petro, a pesar de todas las críticas que existen por su pasado en el M-19 y en el que muchos lo ven cómo un “contrario”, paradójicamente es en donde se han visto más mejoras en las condiciones estructurales: mejoras salariales, dotación y una narrativa más explícita sobre la dignificación del rol de quienes están en territorio.
Por lo que seré muy directo: Es claro que en toda la historia que han gobernado presidentes conservadores no han solucionado en lo absoluto el problema de la guerra ¿Qué los hace pensar qué ahora en cuatro años lo harán? Por el contrario, siguiendo la línea del presidente Gustavo Petro, primer presidente de izquierda, buscar por medio del dialogo la paz total cobra bastante sentido; es querer acabar con la herencia de la violencia de una vez por todas, no hay más.
Incoherencias
Yo realmente pienso que lo peor que le puede pasar a una sociedad es ser incoherente a más no poder. Esto lo veo mucho en el tema de la política, y es que quienes más exigen mano dura, más letalidad militar y, en general, más guerra, son quienes menos están dispuestos a entregar algo a cambio, ya sea su propio servicio (hay quienes ni siquiera han prestado el servicio militar que por constitución se debe cumplir), y mucho menos a ceder o motivar a sus familiares y descendientes para que lo hagan, entre otras cosas.
Aquí es donde siempre digo que cada quien habla y opina desde su comodidad. La guerra está bien, según ellos, pero desde la distancia, con vidas ajenas como costo. Triste realidad.
¿Con qué no estuve de acuerdo en estos 4 años de gobierno de izquierda?
Realmente tengo más puntos positivos a destacar que negativos, como por ejemplo que se ha dignificado más la labor de los colombianos. Yo directamente me he visto beneficiado, ahora realmente se siente que, entre más horas trabajas, más ganas, no al contrario, en el que antes uno se sentía totalmente estafado, donde las horas nocturnas comenzaban muchas horas después de las que realmente ya se había pasado la noche.
Y sí, en general, gracias a esa mejora se ha visto que es más accesible obtener ciertos bienes. Tengo mi moto de buen modelo, un celular de alta gama y otros gustos que me he podido dar. ¡Nada regalado! Todo gracias al trabajo, que ahora sí se ven los esfuerzos. En tiempos pasados, parecías estar trabaje y trabaje para seguir estancado en lo mismo.
¿Que todavía falta mucho por mejorar? Sí, el tema pensional, el de la salud y muchos otros temas no se solucionan en 4 años de gobierno, por ende falta complementar más años de gobierno de izquierda para culminar esos proyectos que se empezaron.
Se me olvidaba, también me he visto beneficiado en el tema de estudio, actualmente por parte del Estado estoy cursando una tecnología ( y finalice dos técnicos). Antes ya lo había averiguado y todas salían súper caras (el estudio y sus semestres), por lo que claramente es un beneficio de ahora. He discutido esto con varias personas quienes me expresaban que antes con crédito del gobierno ICETEX también se podría estudiar y no… es una falacia de la que ya está desmontada, hay quienes llevan más de 8 años graduados y todavía siguen pagando el crédito. De hecho, yo mismo averigüé el crédito para la carrera militar y básicamente me costaba dos vidas.
Además, tampoco es que te entregaran los 50 millones en la mano así de fácil, para nada. Era un proceso de desembolso lento y por partes, por lo que si no tenías una base bastante grande para costear los inicios, carecía de sentido al final el crédito si no podías continuar la carrera.

Ahora bien, volviendo con la pregunta principal a la que me fui por los lados: ¿con qué no he estado de acuerdo?
Básicamente con la seguridad, y sí… he escrito demasiado sobre la paz, todo bien, nada contradictorio. El tema es que uno tiene que saber hasta dónde llegar con ciertos grupos, no todos buscan la paz, otros buscan aprovecharse. Por lo que siento que el gobierno de Petro se sentó en una mesa a que lo cachetearan una y otra vez. Realmente se sentaron sin tener un plan B, y eso fue lo que azotó el país en cuestión de violencia durante estos 4 años, no porque el gobierno no quisiera, sino porque los grupos al margen de la ley jugaron con la buena voluntad del gobierno, quien actuaba como un maestro zen: “golpéame otra vez”, y esa tampoco es la idea.
Que de hecho… espero que si continuamos con la paz, realmente se analice un plan B y, si alguien realmente muestra signos de no querer negociar, pues debe ser eliminado, no hay de otra. ¿Qué hacer cuando se agota el diálogo? Actuar.
Y ya por último, tampoco estuve de acuerdo con varios actos de corrupción, que ojo, nada que ver con el gobierno central, más bien fueron esas personas que fueron seleccionadas por sus conocimientos e inclusión. Además de querer incluir la “variedad política”, cuestión que fue un fracaso porque muchos terminaron robando al país, que claro, impune al 100% no se ha quedado: hay muchas capturas, aún investigaciones en curso y unos pocos lograron irse al extranjero, eso sí fue lamentable.
Pero como pasó con la paz, también pasó con la corrupción: mucho “amor y paz” por parte del gobierno, a quien le faltó tener más temple para acabar desde adentro con ese veneno del Estado. La corrupción en Colombia es un problema más grande que la guerra y aún parece imposible de erradicarse al 100%, por lo que el gobierno que entre debe meterle la ficha para ver si extermina las ratas desde su propio nido.
Quiero creer que los problemas siempre fueron por la buena voluntad y malas elecciones, cuestión que sirve para aprender y para que un próximo gobierno de izquierda no cometa los mismos errores. Que, para ser sinceros, ese tema de la “diversidad” tampoco funcionó mucho, y el claro ejemplo es la vicepresidenta, quien iba a ser la representación afro, una vicepresidenta que brilló por su ausencia en casi todo el mandato, excluida y olvidada gracias a irse en contra públicamente del presidente… Eso no puede volver a pasar. De hecho, Iván Cepeda ya entra perdiendo por escoger una fórmula vicepresidencial similar (esta vez indígena), espero que no nos falle.
Reflexión final
Al final de todo esto, después de recorrer memoria, contradicción, ideología, experiencia y cansancio, queda una sola cosa clara: Colombia no es un debate abstracto, es un territorio vivo que se define en decisiones pequeñas tomadas por millones de personas al mismo tiempo.
Y aunque suene repetido, la democracia no ocurre en los discursos, ocurre en una papeleta. Silenciosa. Simple. A veces incluso subestimada. Pero ahí es donde el país realmente se mueve o se queda quieto.
Votar no debería ser un acto de fe ciega en un candidato, ni una adhesión emocional a un bando. Debería ser un acto de conciencia histórica. Una decisión tomada no desde el odio, sino desde la lectura de lo que este país ha sido: desigual, fracturado, herido por la violencia, pero también profundamente resistente.
Colombia tiene una deuda con su gente y con su territorio. Una deuda que no es solo económica o institucional, sino también ética. La tierra ha sido explotada sin medida, los recursos tratados como botín, y las comunidades muchas veces reducidas a estadísticas. En ese sentido, cualquier proyecto político que ignore la naturaleza, que ignore la desigualdad estructural o que minimice las causas sociales profundas del conflicto, está incompleto desde su origen.
Por eso, más allá de nombres o campañas, hay algo que debería pesar más en la decisión del voto: la posibilidad de construir un país más justo, más consciente de su entorno, más respetuoso con su gente y con su tierra. Un país donde la vida no sea un privilegio según el lugar donde naciste, sino un derecho real y sostenido.
No se trata de perfección, porque eso no existe en política. Se trata de dirección. De hacia dónde se empuja el país cuando todo parece estar en tensión. Y en esa tensión, las causas sociales, la igualdad y la protección del medio ambiente no son adornos ideológicos, son condiciones de supervivencia a largo plazo.
El 21 de junio no debería ser visto como una fecha más en el calendario. Es un punto de inflexión mínimo, pero real. Un momento donde cada persona, con todas sus dudas, su historia y sus contradicciones, puede decidir hacia qué país quiere empujar este presente que siempre parece al borde.
Salir a votar ese día no es solo participar. Es asumir responsabilidad. Es reconocer que el silencio también toma partido, y que la ausencia también tiene consecuencias.
Y ojalá esa decisión no nazca del fanatismo, sino de algo más difícil de construir: conciencia. Una conciencia que entienda que el futuro de Colombia no se resuelve desde la comodidad, sino desde la participación activa, imperfecta, pero necesaria.
Que ese día no gane el ruido ni la rabia, sino la decisión informada. Y que, independientemente del resultado, quede al menos una certeza mínima: que este país no se abandonó a sí mismo.


Para mí es una decisión fácil: NO VOTARÉ por el candidato a cuya campaña adhirieron los que quemaron a 80 personas vivas en una iglesia (entre ellos 45 menores) y no pagaron un solo día de cárcel. Al margen del seductor discursillo infantiloide edulcorado con rimbombancias como “Justicia social”, “Paz Total”, “Igualdad” y demás imposibilidades naturales, lo cierto es que contar con el apoyo de esas lacras es una indecencia irreconciliable. No me gusta ADLE, es un fanfarrón, pero no puedo votar por quienes pasan a manteles con secuestradores, extorsionistas y asesinos legitimados por el arbitrio de una firma sobre un papel.