Divagación acerca de la vida, espacio y universo

NOTA: No soy ningún experto, solo un aficionado medianamente técnico con mucha imaginación, por ende, puedo fallar en datos o apreciación, si eres astrónomo deja un buen aporte de lo que crees.

Durante toda mi vida he creído que no estamos solos en el universo, que realmente nada sucede por mera casualidad y que hay algo mucho más grande de lo que podemos imaginar, más allá de los dioses que propone la religión o de los aliens verdes de la ciencia ficción ¿Qué será? No lo sabemos y quizás difícilmente obtengamos la respuesta en este plano.

De cierta forma, estoy convencido de que hay muchas cosas que escapan a nuestra interpretación y de que realmente captamos muy poco de ellas, y lo hacemos de una forma muy superficial. Si de por sí es difícil comprender, como sociedad, todo el amplio espectro de las cuestiones sociales, mucho más difícil resulta entender aquellas cosas que trascienden nuestra propia existencia: la economía, nuestro suelo, el aire, lo que nos rodea en general y el planeta mismo.

Hoy, precisamente, he estado pensando acerca de esas señales que han llegado desde el espacio exterior y de lo poco que hemos podido averiguar sobre ellas, como la señal Wow! Para quienes se pregunten qué es, la señal Wow! fue un intenso pulso de radio de banda estrecha detectado el 15 de agosto de 1977 por el radiotelescopio Big Ear, en Ohio, durante una búsqueda de señales extraterrestres. Duró unos 72 segundos y parecía provenir de la dirección de Sagitario. Días después, el astrónomo Jerry Ehman encontró la secuencia «6EQUJ5» en los datos y escribió «Wow!» al margen; de ahí proviene su nombre.

Nunca volvió a detectarse, por lo que no ha sido posible identificar su origen. Aunque despertó especulaciones sobre una posible señal extraterrestre, esto no está demostrado. Investigaciones recientes también han considerado explicaciones astrofísicas naturales, como una emisión vinculada a nubes de hidrógeno.

Respecto a esa señal, me pregunté: ¿será que proviene de un lugar en el que, teóricamente, podría existir vida similar a la terrestre? Pues no. Investigando, encontré que, para que un planeta pueda albergar vida y ser similar al nuestro, debe reunir ciertas características, entre ellas:

  1. Zona habitable: el planeta orbita su estrella a una distancia donde podría existir agua líquida. 
  2. Tamaño y composición: preferentemente rocoso, entre 0.5 y 2 veces el radio terrestre. 
  3. Estabilidad estelar: estrella relativamente estable, no muy activa ni riesgosa para atmósferas. 
  4. Temperatura superficial estimada: compatible con vida terrestre.

La cuestión es que la señal Wow! provino de la dirección de la constelación de Sagitario, una región del cielo en la que no se han identificado exoplanetas con un potencial destacado para albergar vida que reúna características similares a las de la Tierra.

Entonces me pregunté: ¿cuáles sí podrían cumplir con esas características? Ahí es cuando entran en juego las constelaciones de Lyra y Cygnus, regiones del cielo en las que se encuentran algunos de los exoplanetas descubiertos por el telescopio espacial Kepler.

En un breve resumen, los exoplanetas Kepler son planetas situados fuera de nuestro sistema solar que fueron detectados por el telescopio espacial Kepler de la NASA. Su nombre suele formar parte de su designación, como ocurre con Kepler-186f. Este telescopio buscaba planetas midiendo pequeñas disminuciones en el brillo de las estrellas cuando un planeta pasaba frente a ellas desde nuestra perspectiva. La misión confirmó más de 2.600 planetas y descubrió mundos de distintos tamaños y tipos, algunos de los cuales orbitan en zonas donde podría existir agua líquida.

Y sí, estamos hablando de una barbaridad de planetas. Una cuestión que no deja de ser inquietante y, al mismo tiempo, una fuente inagotable de inspiración para la ciencia ficción. Cabe pensar que, en teoría, si existen innumerables planetas en el universo, algunos podrían ser similares a la Tierra, con condiciones casi idénticas, donde una versión de nosotros mismos podría existir, tomando decisiones diferentes y viviendo vidas alternativas. Cada exoplaneta sería entonces un espejo distante, un eco cósmico de lo que podría haber sido.

Bueno, eso es bastante imaginativo, así que procedí a elaborar un breve listado de los candidatos más interesantes que podrían albergar alguna forma de vida:

  • Kepler-442b – 8/10: Planeta rocoso, 1.3 veces el tamaño de la Tierra, orbita en la zona habitable de su estrella tipo K (más estable que una enana roja). Temperaturas estimadas similares a la Tierra. Uno de los mejores candidatos reales. 
  • Kepler-22b – 7.5/10: Planeta un poco más grande que la Tierra (aprox. 2.4 veces el radio terrestre), con una órbita que lo mantiene en la zona habitable de su estrella. Todavía no sabemos su composición exacta, pero podría ser rocoso con océanos. 
  • Kepler-186f – 7/10: Primer exoplaneta similar a la Tierra encontrado en la zona habitable de una estrella enana roja. Un poco más pequeño que la Tierra, pero su estrella es menos brillante y más estable. 
  • Kepler-452b – 6.5/10: Llamado a veces “prima mayor de la Tierra”, un poco más grande y más antigua, lo que sugiere que podría haber tenido tiempo suficiente para que la vida evolucione. 
  • Kepler-1635b – 6/10: Roca sólida, orbita en zona habitable, pero la información sobre atmósfera y composición es limitada. 
  • Kepler-440b – 5.5/10: Tamaño y zona orbital prometedores, pero poca información sobre atmósfera y condiciones superficiales. 
  • Kepler-62f – 5/10: Planeta rocoso, un poco más grande que la Tierra, pero su estrella enana roja podría emitir más radiación y afectaría la atmósfera. 
  • Kepler-438b – 4.5/10: Muy parecido en tamaño, pero su estrella emite radiación intensa, lo que complica la posibilidad de vida tal como la conocemos. 
  • Kepler-440c – 4/10: Zona habitable marginal y tamaño un poco grande. Podría ser un mundo acuático extremo o con presión atmosférica muy distinta. 
  • Kepler-1229b – 3.5/10: Posible planeta rocoso en zona habitable, pero estrella enana roja y poca información sobre atmósfera.

Pero aquí surge una pregunta que va mucho más allá de imaginar otros mundos: ¿algún día podremos visitarlos?

La respuesta corta es que, por ahora, estamos muy lejos de conseguirlo. No porque hayamos demostrado que sea imposible, sino porque las distancias son tan descomunales que nuestra tecnología actual resulta insuficiente. Algunos de estos exoplanetas se encuentran a cientos o incluso miles de años luz. Para entender lo que eso significa, la luz —la cosa más rápida que conocemos— tardaría cientos de años en llegar hasta ellos. Una nave como las Voyager, que ya han alcanzado el espacio interestelar, necesitaría muchísimo más tiempo: hablamos de escalas que podrían superar ampliamente la duración de nuestra civilización tal como la conocemos.

Por ahora, ninguna misión espacial tiene como destino visitar los exoplanetas de Kepler. La exploración se concentra en algo que, aunque parezca menos emocionante que aterrizar en otro mundo, podría cambiar nuestra comprensión del universo: estudiarlos desde la distancia.

El telescopio espacial James Webb ya permite analizar la luz que atraviesa o procede de las atmósferas de determinados exoplanetas. Mediante la espectroscopia, los científicos pueden buscar indicios de moléculas como vapor de agua, dióxido de carbono y metano, además de investigar la temperatura y la composición de esos mundos. Sin embargo, detectar una molécula no equivale a descubrir vida: su origen debe estudiarse cuidadosamente y, en muchos casos, pueden existir explicaciones no biológicas.

Y esto apenas comienza. La NASA trabaja en el concepto del Habitable Worlds Observatory, un futuro telescopio espacial diseñado para observar directamente planetas potencialmente habitables y analizar sus atmósferas en busca de posibles biofirmas, es decir, señales químicas que podrían estar relacionadas con la vida. Otra tecnología importante es el coronógrafo, un instrumento capaz de bloquear parte de la luz de una estrella para facilitar la observación de planetas mucho más tenues que ella. El telescopio espacial Nancy Grace Roman también ayudará a probar técnicas de imagen directa que podrían allanar el camino para futuras observaciones de mundos parecidos al nuestro.

¿Y qué hay de viajar hasta ellos? Existen propuestas teóricas para desarrollar sondas diminutas impulsadas por potentes láseres, velas ligeras y otros sistemas de propulsión avanzada. Algunas buscan alcanzar una fracción significativa de la velocidad de la luz. Pero todavía estamos lejos de contar con una tecnología probada que permita enviar una nave a uno de estos exoplanetas, transmitir datos desde allí y recibirlos de vuelta de manera viable. Mucho menos de transportar seres humanos.

Quizás el primer gran descubrimiento no consista en encontrar un planeta donde podamos vivir, sino en demostrar que la vida surgió en otro lugar. Imaginemos que un telescopio detecta una combinación de gases difícil de explicar sin procesos biológicos, o que futuras observaciones revelan señales que merezcan una investigación más profunda. No significaría necesariamente que hayamos encontrado una civilización, pero sí que la vida podría no ser un acontecimiento exclusivo de la Tierra. Y esa sola posibilidad transformaría nuestra manera de entendernos.

También conviene recordar algo: estar en la zona habitable no garantiza que un planeta sea habitable. Su atmósfera podría ser irrespirable, su superficie estar sometida a temperaturas extremas o su estrella emitir radiación capaz de alterar sus condiciones. Por eso, las puntuaciones de mi lista son una valoración orientativa, no probabilidades científicas de que exista vida en cada mundo. Todavía sabemos demasiado poco para afirmar que alguno de ellos sea una segunda Tierra.

Al final, vuelvo a aquella inquietud que me acompaña desde hace años ¿realmente estamos solos? Tal vez existan organismos simples bajo cielos que jamás veremos, océanos que nunca podremos explorar o civilizaciones que, como nosotros, miran las estrellas preguntándose si alguien más las observa. También es posible que la vida sea mucho más extraña, escasa o difícil de detectar de lo que imaginamos.

Lo inquietante es que, por ahora, no tenemos una respuesta definitiva. Tenemos preguntas, indicios, telescopios cada vez más potentes y una lista creciente de mundos que apenas comenzamos a comprender.

Quizás nunca lleguemos a pisar uno de esos planetas. Quizás, dentro de siglos, una tecnología que hoy apenas podemos imaginar permita que nuestros descendientes contemplen un amanecer bajo un cielo distinto al terrestre. O quizás descubramos que la distancia no es el único obstáculo: tal vez la vida exista en abundancia, pero las enormes escalas del universo hagan que encontrarla sea extraordinariamente difícil.

Por ahora, solo podemos observar, investigar y seguir preguntando. Porque cada planeta descubierto nos recuerda que la Tierra no es el único mundo que existe, aunque sí sea el único en el que sabemos, con certeza, que la vida ha logrado florecer con incluso los vientos en contra.

Y quién sabe… quizá, en algún lugar entre esos miles de millones de estrellas, alguien esté haciendo exactamente lo mismo que nosotros: mirando hacia el cielo, preguntándose si está solo y esperando una señal.

A lo mejor, la pregunta no sea únicamente si existe vida allá afuera, sino cuánto tardaremos en descubrirla… Y si estaremos preparados para comprender lo que encontremos.

Imagen sacada de acá.
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