Fatiga digital

Pasé por lo menos 20 minutos pensando solo en el título y sí, la mejor táctica en escritura es primero redactar el contenido y luego el título, pero esta vez sucedió al revés. Tuve varias alternativas; como principal: “La fatiga del vigilante”, en el sentido no del que observa, sino del que sabe, del que es consciente de la vigilancia, el rastro, el metadato y todo eso que hay detrás: la paranoia no como enfermedad, sino como consecuencia lógica.

Finalmente, creo que no dejaré ese título porque podría confundirse con mi otro apartado profesional, del que también escribo, que es la seguridad privada; un título que puede significar algo completamente diferente según el panorama tratado. En fin.

Generalmente siento que, cuando se desconoce sobre un tema, se disfruta más el proceso de aprendizaje: ver el sinfín de vertientes e incluso activar ese “efecto mariposa” en el que, dependiendo del camino que escojas, todo lo demás puede cambiar. Una decisión cuanto menos importante. Y claro, esto va claramente para el panorama de la informática en general.

Cuando comencé en Internet lo hice desde temprana edad; realmente no recuerdo la exacta, creo que estaba entre los 15 y 17 años. El caso es que disfruté demasiado ese proceso. Recuerdo pasar horas y horas investigando cómo funcionaba cada cosa, cómo podría hacerme cada vez más invisible en la red, comprender los procesos y protocolos de las aplicaciones más relevantes de todo el ecosistema, los tipos de cifrado y su nivel de seguridad, lo que era matemáticamente posible… y eso es cuanto menos curioso porque nunca fui bueno con los números, pero sí un poco mejor con las letras, por lo que, si había texto, todo lo demás lo iba desglosando poco a poco.

En ese sentido recuerdo parte de mi preadolescencia: dormir poco y ser el “caballero de la noche” dentro de la medida en que mis padres me autorizaban el uso del ordenador. Allí estaba yo, solo en una madrugada, haciendo cualquier cosa con tal de aprender y dominar lo único en lo que veía que tenía cierto potencial.

El tiempo pasó y fui comprendiendo cómo cada acción que tomaba en la red tenía un grado de consecuencia. De hecho, aprendí la importancia de la gran cita: “Internet no olvida”. Y tampoco perdona, porque cuando encuentran un fallo por parte de alguien, pasarán años repitiéndolo una y otra vez hasta el cansancio. La cuestión es que, en mi caso, era más por lo primero: no olvidar. Justo cuando lo aprendí fue demasiado tarde. Ya tenía varias redes sociales abandonadas, sin acceso a ellas por olvido de credenciales, por lo que ya había fotos, escritos y toda clase de información sobre mí de manera pública, misma de la que jamás iba a tener control, y eso me pesó durante unos buenos años…

En el futuro descansé un poco debido a que esas redes fueron dadas de baja por inactividad, pero, como bien dije: “Internet no olvida”, por lo que, si se sabe buscar bien, aún hay rastros y copias de ese material.

Algunos dirán: “¿Qué de malo había en tus publicaciones de Facebook con 15 años?”. Demasiado. De hecho, no puedo escribirlo; todo es cancelable. Crecí en un ambiente hostil, por lo que aprendí de ello y lo reproduje. De allí que, para esas fechas, tuviera pensamientos muy pesimistas, pasivo-agresivos y un poco de todo; detalles que prefiero omitir. Pero, como bien lo dije, son esas partes de “Internet no olvida” las que sé que alguien podría recuperar y usar para cancelarme de por vida porque, claro, ya ha pasado. Señalamientos a estrellas —suerte que no soy una— por cuestiones de su pasado. No importa el año, la edad; el tema es que existió.

Volvamos a esa etapa donde ya conocía un poco de lo que hacía, o eso creía; cuando pensé que dominaba mucho mejor ese proceso de ocultamiento de mi huella digital, de que podía perfectamente saber cómo mostrarme ante Internet y otros diferentes círculos. Jugué un poco con ello en la red Tor, hasta que el susto llegó para enseñarme que realmente no sabía nada.

Una madrugada —eso está en parte de mi archivo inicial— me encontraba navegando en la red Tor, equipado de un traductor y de curiosidad. Empecé a entrar a distintos foros y salas de chat; quería compartir con la gente conocimiento, cultura y un poco de todo. También tenía morbo, lo admito: me atraían bastante los vídeos gore, básicamente muertes sin censura —hasta cierto punto—. Según yo, quería perder esa sensibilidad, pero es el día de hoy en que algunos de esos vídeos, si me los volvieran a mostrar, me pondrían un poco pálido.

Imagen sacada de acá

La cuestión es que, entre chat y chat, llegó un tipo a la sala a escribirme en un español muy básico sobre cuestiones de mi país, de cómo le llamaba la atención. Me sorprendió un poco que asimilara tan rápido mi nacionalidad sin yo decirlo; como mucho había dado un pequeño detalle de Latinoamérica en un chiste que hice, aunque no recuerdo exactamente cuál era. El caso es que comencé a entablar conversación con aquel desconocido por curiosidad, solicitando todo tipo de material. Quería ver algo clasificado, raro o perturbador, pero diferente.

Él se reía un poco de mí. Decía algo como: “La curiosidad mató al gato”, y jugaba un poco con las palabras; recordemos que su español era muy malo y escribía poco en inglés. Finalmente me pasó un archivo, que revisé bien antes de ejecutar… o eso pensé. Al abrirlo encontré un poco de todo, en su mayoría contenido bélico. Al final, con el pasar de los minutos, el que estaba detrás me decía: “¿Qué te pareció, niño?”. Yo pensaba: “¿Qué carajos…?”.

De allí mi webcam se encendió y un hombre ruso habló. Me tomó una fotografía —quisiera algún día verla— y el resto es historia… Pasé días sin tocar el ordenador.

El caso, y conexión con la anterior historia, es que eso fue el puente para que siguiera mejorando mis tácticas y, claro, aprendiera a desconfiar de todo, inclusive de mi propio sistema. De allí empecé a aplicar virtualización, sandboxing y otros protocolos de seguridad, pero con el tiempo empecé a sentir algo raro en mí: con cada día que pasaba sentía que era poco, que necesitaba más y más “privacidad”, hasta llegar al anonimato total. Pasé de ser alguien muy sociable —mayormente en redes— a ser un completo desconocido porque borré toda forma de contacto conmigo. Incluso hubo personas que encontré años después, de forma física, que creían que yo estaba muerto.

Entendí muy sabiamente que menos era más. ¿Básico? Pues así funciona esto: entre menos conexiones tengas, menor será la probabilidad de exponer tu vida. Aunque… años y años de sumar gestores de contraseñas en local, con cifrado fuerte, verificación por 2FA —desde que comenzó la implementación—, activar proxies, mantener una VPN todo el tiempo con configuración avanzada ante desconexión (Kill Switch), usar un buen DNS que protegiera parte de mi conexión, utilizar el celular para pocas cosas —mayormente manteniéndolo apagado—, cambiar de SIM cada cierto tiempo, tener una cuenta de correo personal con comunicación solo por GPG y, en sí, cifrar manualmente toda mi información con GPG, además de cifrado de disco… también pasé a medios más tangibles, como perforar el disco duro y la RAM del ordenador donde tenía mayor rastro expuesto y un sinfín de protocolos. ¿Para qué? Cuando llegó esa pregunta, cuestioné hasta mi propia existencia.

El tiempo me enseñó que era imposible escapar del Estado, que también lo era ocultar información por demasiado tiempo. Absolutamente todo tiene una brecha de exposición que, tarde o temprano, estará abierta a que alguien o algo la explote. Para esos años fui parte —víctima— de las filtraciones de un sinfín de servicios: Google, Facebook (antes de que me diera de baja), Taringa!, LastPass (cuando migré a él, relajando un poco el protocolo), 000webhost, Deezer, Wattpad, YouNow, Cit0day, Aternos, SOCRadar, Synthient Credential Stuffing Threat Data e Internet Archive, además de 37 exposiciones no críticas en la darknet.

Filtraciones en donde ya había demasiados datos sobre mí sin poder hacer nada —junto con el resto de millones de usuarios afectados—: datos expuestos desde edad, sexo, religión, nacionalidad, IPs, correos, nombres y un sinfín de información. Según las características del servicio, puedes darte una idea de qué clase de contenido pudo ser filtrado. Esto me hizo considerar demasiadas cosas… A pesar de que tenía una doble fachada, todo se había ido por la borda después de que muchos de esos datos quedaran correlacionados. ¿La conclusión? No valió de nada. Por más que quise mantenerme al margen, todo estaba captado por lado y lado; peor aún, sin responsables claros.

Acá vuelve de nuevo esa frase que mencioné mucho más arriba: “menos es más”. Fue cuando más sentido tomó ese protocolo. Pero para ese momento, cuando ya había abandonado todo, cuando traté de desligarme de la mayor cantidad de redes e información posible, ya sentía algo en mi cuerpo: fatiga. Ya realmente me importaba un carajo todo. Sé que me conecte desde donde me conecte ya tendré la etiqueta de “UserXXXX” en pantalla, en algún dashboard, como un nodo más entre millones de otros. Todo ello se reafirmó con lo de PRISM, las revelaciones de Edward Snowden y un sinfín de archivos desclasificados que fueron saliendo con los años —a las malas y no tan malas—, por lo que al final de todo queda ese desgaste mental: hagas lo que hagas, ya estás expuesto.

Si desde el día 0 encendiste una computadora conectada a la red sin ningún tipo de protocolo de seguridad, ¡bienvenid@! Ya eres parte del listado, ya tienes un apartado especial en Palantir Technologies, con todas tus características, tal y como en The Sims. Eso de que el primer regalo de una nena de 15 o de un graduado años atrás era el celular de moda… pues bien expuestos quedaron desde el primer momento en que iniciaron. Todas esas líneas escritas en el antiguo MSN Messenger expuestas, reflejando un perfil muy claro de ti y de lo que piensas.

Los datos y metadatos pueden no tener mucho sentido a simple vista, pero luego, cuando hay correlación, cuando se conecta uno tras otro hasta obtener una gran cantidad de información medida en megas, gigas y más, ya es algo más que preocupante: es toda tu vida encapsulada en la perdición. Más que saber quién eres, pueden saber qué harás.Y si todos repudiamos a PRISM, pues localmente también tenemos nuestro propio fantasma; en mi caso (CO), Pantera, tan poco documentado y tan impregnado en la vida de todos. Al final somos más que eso: un dato, una estadística, agrupados y discriminados como dé lugar. Por lo que eres tú quien decide si complicarse o no.

Imagen diseñada con ayuda de IA.

5 2 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest

4 Comments
Most Voted
Newest Oldest
Kar
Kar
20 days ago

Este párrafo: “Pasé de ser alguien muy sociable —mayormente en redes— a ser un completo desconocido porque borré toda forma de contacto conmigo. Incluso hubo personas que encontré años después, de forma física, que creían que yo estaba muerto” me define completamente. Me encantó el post.

Resistencia Carpincha
Resistencia Carpincha
17 days ago

Yo trato de minimizar la huella digital pero siendo que a diferencia tuya no sé nada de nada de tecnología, me conformo con eso mismo, disminuir. Salir de Google porque no me gusta, tener un VPN, usar lo menos posible aplicaciones (de hecho, solo uso las que por obligación tengo que tener) y hace unos dos años vengo pidiendo que de las cuentas que no uso, borren mis datos. No sé cuánto de protección puedo tener así pero por lo menos disminuir la exposición ya me deja feliz.

4
0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x