Me acabo de ver la película Un Poeta y realmente la recomiendo. Fue especialmente conmovedor ver a un artista intentar superarse a sí mismo. Además de tratar de hacer lo imposible por darse a entender, a pesar de su poca gracia y de su manera trágica de expresarse ante las personas. Es como bien se menciona en la película: un poema, pero no uno cualquiera, sino un poema triste.
Son de esos poemas que te dejan pensando durante mucho tiempo, pero que, a su vez, te dejan desahuciado.
La historia sigue a Óscar Restrepo, un hombre atrapado entre la frustración, el fracaso y una obsesión casi enfermiza por la poesía. Su vida parece avanzar en dirección contraria a sus aspiraciones: no tiene reconocimiento, estabilidad ni grandes logros que mostrar. Sin embargo, continúa escribiendo. Continúa creyendo. Continúa aferrándose a algo que para muchos resulta inútil. Lo interesante de la película no es únicamente su narrativa, sino la forma en que logra convertir a un personaje aparentemente insignificante en el reflejo de muchas personas que han dedicado años de su vida a perseguir algo que el resto del mundo considera irrelevante.
Esta película cobra una gran relevancia para todos los artistas y creadores de cualquier tipo de contenido que, a pesar de su esmero por generar obras que engrandecen nuestro conocimiento como especie humana, para el común denominador siguen significando “nada”. Porque ese es el tema: no cualquiera puede crear obras de calidad ni mucho menos entenderlas. Se necesita un esfuerzo inmenso; incluso me atrevería a decir que hace falta cierto don. Porque, por mucho que te esfuerces en comprender grandes obras, sean del tipo que sean, si realmente no te nace, si no lo sientes, jamás vas a entender qué era lo que el artista quería transmitir. Como dice el viejo refrán: “Para el buen entendedor, pocas palabras”.
Puedo poner como ejemplo mi humilde espacio, el cual ha sido bien recibido, en su mayoría, por la comunidad enfocada en la privacidad y la seguridad. Sin embargo, para otras personas ajenas a ese ecosistema, incluso siendo técnicos, suele parecer algo innecesario, exagerado o grotesco. Y es realmente así: pueden presentarte el mejor helado de chocolate del mundo, pero si no te gusta el chocolate, no hay nada que hacer.
Algo que también me llamó la atención es que la película nunca intenta convertir a Óscar en un héroe. Tampoco busca que el espectador lo admire constantemente. Por momentos resulta incómodo, ridículo e incluso desesperante. Sin embargo, creo que ahí radica parte de su fuerza: en mostrar a una persona profundamente humana, llena de contradicciones, errores y obsesiones que muchas veces terminan alejándola de quienes la rodean.
También existe una realidad incómoda que pocas veces se menciona: muchas obras nacen destinadas a ser apreciadas únicamente por una minoría. No porque sean superiores o más inteligentes, sino porque responden a sensibilidades específicas. Pretender que todo el mundo valore una obra artística es tan absurdo como esperar que todos compartan los mismos recuerdos, miedos o anhelos. Quizás parte de la madurez creativa consiste precisamente en aceptar que algunas de nuestras mejores creaciones jamás serán populares, y que eso no disminuye su valor.
“Heme aquí, un hombre
Anticuado dinosaurio
Portador de agravios
Merecedor de condenas
Frágil soñador
Más no pierdan su fe
En este poeta triste
Que está intentando escribir
Un poema feliz” – Un Poeta
Por esta sencilla razón me he sentido bastante identificado con la película. Como escritor, por más esfuerzos que haga en mi día a día, sigo siendo simplemente el operador —labor que realizo actualmente—; no hay otra faceta que destaque más. Incluso quienes conocen algunas de mis obras no suelen considerarlas relevantes. Aunque, bueno, esto no se trata de mí.
Hay una escena que me quedó rondando particularmente. No porque fuera la más espectacular ni la mejor construida, sino porque representa algo que muchos artistas conocen demasiado bien: la sensación de estar convencido de que algo tiene valor mientras el resto del mundo parece no verlo. Óscar insiste una y otra vez en la poesía, aun cuando la vida le demuestra constantemente que no es rentable, que no es práctica y que probablemente nunca le dará el reconocimiento que espera. Sin embargo, continúa. No porque crea que va a triunfar, sino porque simplemente no sabe ser otra cosa. Creo que ahí es donde muchos escritores, músicos, ilustradores o creadores terminan viéndose reflejados. Hay actividades que dejan de ser una elección y terminan convirtiéndose en una condición de existencia.
El caso es que, a nivel general, Óscar es la representación de muchos de nosotros: ese nicho de artistas para quienes lo que hacen nace desde el corazón. Escribir. Aunque no se viva de ello, existe la esperanza de que algún día esas letras lleguen a las personas indicadas, aquellas capaces de apreciarlas y recibirlas con los brazos abiertos. Sería como dejar de pensar que se habla en una habitación vacía, donde las palabras no van a ningún lugar y simplemente mueren en el espacio y el tiempo, como todo el resto de lo tangible que dejamos de nosotros.
Quizás comenzamos siendo algo y terminemos muriendo siendo algo o, en su defecto, siendo nada. Porque, al final de todo, esa es la representación más honesta de cuanto poseemos: nada. Todo es temporal. La vida da, la vida quita y, así, sucesivamente, las cosas van ocurriendo con el paso del tiempo y el relevo de nuestras generaciones.
Quizás por eso Óscar resulta tan cercano. No por su poesía, ni siquiera por sus fracasos, sino por la batalla silenciosa que sostiene consigo mismo durante toda la película. Una lucha que, en mayor o menor medida, todos terminamos librando alguna vez.
“Cuando siento como poeta
me pellizca un sentimiento
y el alma no me arde.
Los poetas
qué piñata
ombligos se creen del mundo
con gorrito de vino trasnochado.
En este país de brazos enardecidos y alma encabritada
son «héroes» de una angustia de hostería
y el de la chaqueta se considera la estrella
y el de corbata el número uno
Ignorando que cada poeta si lo es
solo aporta un pedazo de su alma al gran
poema de la humanidad.
Los poetas
qué piñata
como un electrodoméstico mendigan una vitrina.
Los poetas
qué piñata
estatuas de sal que a nadie paralizan.—Helí Ramírez”
Y si llegaste hasta acá, tal vez puedas decir que, al final de todo, un “poema triste” no está mal. Es el significado de nuestras luchas internas. Llámalo demonios, memorias o cerebro; da igual. Ese que te acusa por lo que hiciste y por lo que harás. Un enemigo que te conoce como ningún otro y con quien tienes que aprender a convivir.
Porque, ¿sabes qué? En algún momento tendrás que elegir si es él o si eres tú. Aunque, en cualquier caso, si acabas con él, en cierta medida estarás acabando contigo mismo. Es una paradoja de la que no existe escapatoria, salvo aceptar que podría ser peor y que, de alguna manera, toca encontrar razones para estar feliz.
Por eso considero que es un gran trabajo, con demasiado esfuerzo detrás. Es honorable y una verdadera virtud lograr lo que se logra y mantener esa unión interior a pesar de todo. Es una valentía que no cualquiera posee. Y si no, basta con imaginar a quienes no lo lograron: hoy ya no están. No volveremos a verlos. Lo único que sabemos de ellos es lo que alguna vez fueron.
Eso es un poema: un estado difícil de digerir, aunque con un brillo especial para quienes todavía son capaces de sentir.
Tal vez por eso la película resulta tan incómoda para algunos espectadores. Porque no habla únicamente de poesía. Habla del fracaso, del envejecimiento, de las expectativas incumplidas y de ese extraño sentimiento de mirar hacia atrás y preguntarse si todo el esfuerzo realizado sirvió para algo. Son preguntas que normalmente evitamos porque no tienen una respuesta sencilla. Sin embargo, ahí permanecen, esperando en silencio. Quizás la grandeza de ciertas historias no consiste en resolver nuestros conflictos, sino en obligarnos a sentarnos frente a ellos durante un par de horas.
Mi habitación tiene colores,
rosado, violeta y verde;
colores de muchos sueños,
sueños atrapados en esta habitación.Las paredes son de concreto frío,
la baldosa es blanca y reluciente,
pero hay una mancha en una esquina;
nunca desaparecerá,
siempre permanecerá…Hogar y prisión,
refugio y trampa.Somos lo mismo:
mi habitación y yo. – Un Poeta

