Siempre lo dije (no es mía la frase, es un dicho muy coloquial): «No muere quien se va, sino quien se olvida». Pero lo que no previmos es que el sistema ha encontrado una forma mucho más perversa de recordarnos. No buscan tu memoria ni tu legado; buscan tu rastro, tu biometría y tu permiso explícito para existir en una red que hace tiempo dejó de ser nuestra. Estamos entrando de lleno en la era del ID obligatorio y, si crees que un respaldo en la nube o una VPN te va a salvar, es que no has entendido que las reglas del juego no solo han cambiado: han sido incineradas frente a nuestros ojos mientras discutíamos por cuál cliente de mensajería era más “seguro”.
El guion es tan predecible que asusta, y siempre empieza con la falacia del “Es por los niños”. Mira a Keir Starmer en el Reino Unido. Bajo el mantra sagrado de la seguridad infantil, están extendiendo los tentáculos de la Online Safety Act hasta el último rincón de la privacidad: las VPN y los chatbots. Es la paradoja perfecta del carcelero: te ofrecen una cerradura para tu celda, pero te obligan a entregar la llave maestra antes de entrar. Quieren que enseñes el pasaporte para usar una herramienta diseñada, precisamente, para que no tengas que enseñar nada. Y mientras Occidente juega a ser la “nana digital”, en Rusia la estrategia es más cruda y directa, ralentizando Telegram para empujar a la masa hacia Max, una super-app al estilo WeChat donde el Estado no solo lee tus mensajes, sino que gestiona tus documentos y tus cuentas bancarias. Es la consolidación total del control administrativo disfrazada de conveniencia tecnológica. Orwell no escribió una advertencia; escribió el manual de usuario que hoy ejecutan con una precisión quirúrgica.

NOTA: A pesar de que hace rato no recomiendo Telegram, de que incluso la considero igual o peor que WhatsApp, en el contexto del territorio Ruso si que genera un gran cambio porque es eliminar una alternativa “parcialmente neutral” para impulsar la suya propia, el chiste se cuenta solo.
Y si alguien intenta levantar la voz, el sistema lo silencia de inmediato. Lo vimos con la censura a Mullvad en el Reino Unido: prohibieron sus anuncios en televisión porque se atrevieron a señalar lo absurdo de la vigilancia masiva. Bajo excusas vagas de ‘falta de claridad’ o supuesta ‘ofensa’, el organismo regulador británico bloqueó una campaña que simplemente pedía libertad digital. Es el escenario Kafkaesque definitivo: el Estado impulsa leyes para espiarte, pero prohíbe que las herramientas de privacidad expliquen por qué eso es peligroso. Ya no solo se trata de capturar tus datos; se trata de controlar el discurso para que el usuario promedio ni siquiera sepa que tiene derecho a esconderse.
Este manual de control ha encontrado a su mejor aliado en Mark Zuckerberg. Mientras el CEO de Meta se retuerce en el estrado intentando lavarse las manos por la ‘adicción’ de sus plataformas, ha soltado la bomba: su solución es que la verificación no dependa de las apps, sino del propio sistema operativo. Zuckerberg quiere que Apple y Google sean los guardianes oficiales, integrando una capa de identificación digital directamente en tu smartphone. Es la jugada maestra para desviar su responsabilidad legal mientras termina de asfixiar el anonimato: si la identidad se valida a nivel de hardware, no habrá rincón de la red, ni aplicación, ni mensaje, que no esté atado a tu nombre real. El objetivo declarado es ‘proteger a los niños’, pero el mecanismo acaba con el derecho a la privacidad de cualquier adulto con un teléfono en la mano.

Esta realidad te escupe en la cara cuando ves plataformas como Discord, ese lugar donde muchos se sienten “en casa”, obligándote a pasar por un escaneo facial o subir un ID de gobierno para acceder a un simple servidor. Lo que ocurre después es lo de siempre: el eslabón débil de la cadena, ese proveedor externo del que tanto he advertido en mis notas sobre soberanía, sufre una brecha de seguridad. De repente, la foto de tu documento de identidad está en manos de alguien que solo busca extorsionar. Nos dicen que los datos se borran “inmediatamente”, pero mienten o son unos incompetentes integrales. En el momento en que conviertes tu identidad física en un ticket de entrada digital, creas una vulnerabilidad permanente. Un password se cambia; tu cara no. Tu ID no. Una vez que el sistema tiene tu biometría, eres suyo para siempre.
Hay, por supuesto, un rayo de luz en el código. Siempre habrá alguien como xyzeva o Dziurwa encontrando el bypass, emulando metadatos para engañar a los sistemas de vigilancia. Es la guerra de guerrillas digital que tanto respeto. Pero no nos engañemos: la mayoría de la población no sabe qué es un payload cifrado ni un AES-GCM. La mayoría aceptará el escaneo facial por pura fatiga, por el simple deseo de no quedar fuera de la conversación. Hemos pasado de ser usuarios a ser sujetos experimentales de una vigilancia normalizada donde la privacidad es tratada como algo “sospechoso por defecto”. Si usas una VPN, debes ser un criminal; si no quieres mostrar tu cara, es que tienes algo que ocultar. Es el triunfo del conformismo sobre la libertad.

¿Cómo salimos de este matadero? La solución no va a venir de una ley ni de una empresa “ética” que promete cuidarnos. La única salida es la fragmentación y la soberanía técnica real. Tenemos que dejar de habitar estas “jaulas de cristal” centrales y volver a la descentralización que los iluminados de Silicon Valley nos arrebataron. Significa volver a los protocolos, no a las plataformas; al autoalojamiento, a las redes que no exigen tu nombre real para permitirte pensar. Si seguimos cediendo terreno por comodidad, llegará el día en que el sistema decida que tus ideas no son “apropiadas” o que tu privacidad es un desafío a los “valores nacionales”, y te apagarán con un clic.
La verdadera resistencia hoy no es solo encriptar tus mensajes, sino negarte a ser validado por una máquina. No entregues tu biometría. No subas tu ID. Es preferible el silencio o la marginalidad digital que convertirte en una entrada más de una base de datos que acabará filtrada en un foro de extorsión. Como sociedad, hemos fracasado al aceptar que la seguridad requiere nuestra rendición incondicional, pero como individuos aún podemos elegir no pasar por el aro.
Bienvenidos al panóptico. Espero que al menos la conexión sea rápida, porque el silencio que viene después, si no reaccionamos ahora, va a ser eterno.
Agrego, porque muchos me han preguntado: ¿Qué rol juega la IA acá? ¿Debe o no ser utilizada? Es curioso, porque ambos bandos la utilizan: ellos para aumentar la vigilancia y el otro para intentar eludirla. ¿Tiene sentido? Pues… siguiendo la línea de todo lo expuesto, me atrevo a afirmar:
Si la IA te ayuda a ser más soberano, a entender mejor cómo te vigilan y a comunicar ese peligro con más fuerza, úsala. Si la IA te hace más vago, más predecible y más parecido al algoritmo que te quiere clasificar, apágala.
Gracias por leer; quedo atento a cualquier corrección y/o aporte; saludos.

