Hace unos días estaba navegando por Internet cuando, de la nada, me topé con un video crítico de un internauta en el que expresaba su malestar acerca de la marca de impresoras Epson debido a que, desde hace unos años hacia acá, notó cómo su impresora iba teniendo más y más restricciones. Recibía actualizaciones cada vez más limitantes para el usuario, obligándolo a utilizar únicamente cartuchos de la marca —y los propios demostraban estar trucados para un consumo exagerado—. Como si fuera poco, el software te condicionaba a unos pocos estilos de impresión; para obtener variedad e incluso libertad de colores, además de una mayor cantidad de impresiones, debías pagar una suscripción. Sí, leíste bien: así como Spotify, Netflix o YouTube, pero ahora trasladado a un elemento de oficina que, si tienes que utilizarlo, es porque claramente lo necesitas. Por ende, cada dueño hace la inversión de comprar el producto (la máquina) y el material (tinta y papel). ¿Por qué carajos alguien quisiera comprar dichos elementos y luego pedir permiso para utilizarlos? No tiene absolutamente ningún sentido.
La fuente exacta del video que describo no la tengo; de hecho, lo que estoy escribiendo lo hago completamente de memoria, intentando no alucinar detalles. Pero he buscado ejemplos similares en Internet y la verdad es que sobran los casos.
Por ejemplo en El Español, encontré un artículo que data del 1 de Marzo de 2024, en donde en resumen:
“HP generó polémica tras lanzar en Estados Unidos su servicio “HP All-In Plan”, una suscripción mensual que convierte las impresoras en un modelo de alquiler. Los usuarios pagan entre 6,99 y 35,99 dólares al mes no solo por la tinta, sino también por usar la impresora bajo ciertas condiciones y límites de impresión mensuales.
El problema principal son las restricciones: los planes limitan la cantidad de páginas que pueden imprimirse, obligan a mantener la impresora conectada permanentemente a internet y permiten a HP monitorear el uso del dispositivo, incluyendo desde qué equipos se imprime y el tipo de documentos generados. Según sus términos, si la impresora pierde conexión, algunas funciones —incluso imprimir— podrían dejar de funcionar.
Además, cancelar el servicio antes de tiempo puede generar penalizaciones de hasta 270 dólares, y el sistema restringe el uso de cartuchos no autorizados. Para muchos usuarios, este modelo representa un nuevo ejemplo de cómo la tecnología moderna transforma dispositivos comprados por el consumidor en servicios controlados remotamente mediante suscripciones, monitoreo y restricciones artificiales”.
El más reciente leído, fue escrito por El Heraldo que data del 25 de Marzo de 2026 en donde confirmar parcialmente la polémica que se ha vuelto viral en redes sociales acerca del presunto abuso al usuario.
La falsa libertad de la tecnología moderna
Es cierto que la interpretación de los términos y condiciones puede variar mucho, más teniendo en cuenta al usuario promedio, que no está tan comprometido con conocer más allá del producto en sí, de la tecnología que utiliza o de su razón de ser. No sé si me explico. Un ejemplo básico es Apple, una marca que no solo vende “tecnología prestigiosa”, sino también toda una filosofía. Una narrativa extensa que podría centrarse en la estética, en la “privacidad” como ellos quieren venderla o, más bien, como yo lo veo: el dominio absoluto del dispositivo móvil, llevando ese pedazo de América a cualquier rincón del planeta, tal y como esa parte más conservadora del ciudadano estadounidense con el famoso “America First” (“América primero”). ¿Ahora entiendes lo que quiero dar a entender? Pues exactamente eso: no solo llevas un producto, sino toda una historia detrás, estés o no de acuerdo con sus ideales.
Cómo el hecho de qué, un producto tan prestigioso como Apple, tenga centros de explotación laboral infantil (luego fueron absueltos) cómo si nada y a mucha gente trabajando en Asia, por sueldos bien bajos mientras al otro lado del mundo la compañía presume cifras récord de facturación y discursos sobre innovación, sostenibilidad y progreso. La esclavitud moderna rara vez llega con cadenas visibles; a veces llega envuelta en aluminio cepillado y campañas publicitarias minimalistas.
La cuestión real es: ¿por qué damos tanto poder a productos como las impresoras? Es aquí donde pienso que, por simple sentido común, debería existir una ola de rechazo generalizada hacia ese tipo de compañías que te venden un producto que no te obedece a ti, sino a los intereses de quien lo fabricó. Básicamente, un insulto silencioso a nuestra inteligencia. Y gracias a quienes pensaron diferente, siguiendo esa línea quizás “disidente”, fue que nació el proyecto GNU, impulsado por hombres como Richard Stallman y su equipo, cansados del abuso corporativo y de restricciones absurdas impuestas al usuario.
En mi caso, he pasado por diferentes experiencias relacionadas con restricciones tecnológicas. Creo que estamos condenados a ello o quizás simplemente es parte de “crecer” dentro de este ecosistema digital. Justamente ahí conecté mi idea principal con todo lo que he escrito: meses atrás, por Mastodon, toqué un tema que quería desarrollar más adelante por este medio, aunque en un estilo un poco más formal.

Mi televisor inteligente no quería obedecerme
Y fue justamente ahí donde terminé entendiendo que el problema nunca había sido únicamente las impresoras, ni HP, ni Epson, ni siquiera el televisor CAIXUM del que hablé hace unos meses en Mastodon. Todos esos casos, aunque parezcan desconectados entre sí, forman parte de la misma enfermedad tecnológica moderna: la normalización del control corporativo sobre objetos que, en teoría, ya nos pertenecen.
Recuerdo perfectamente la frustración absurda de aquel televisor. Un dispositivo vendido como “Smart”, moderno y abierto al entretenimiento digital, incapaz de realizar algo tan básico como instalar una aplicación externa desde una memoria USB. Lo verdaderamente inquietante no fue descubrir que el sistema operativo estaba limitado (una variante extremadamente limitada de Android), sino comprender que dicha limitación no era un accidente técnico ni una carencia de hardware, sino una decisión completamente deliberada. El televisor podía hacerlo, simplemente no querían que lo hiciera. Y esa diferencia cambia absolutamente todo.
La era de los permisos revocables
Porque durante años nos vendieron la idea de que la tecnología avanzaba para hacernos más libres, más independientes y más capaces. La narrativa de Silicon Valley siempre estuvo envuelta en palabras como innovación, democratización y futuro; sin embargo, mientras más “inteligentes” se vuelven los dispositivos, más dependientes se vuelven los usuarios. Hoy un televisor necesita autorización para ejecutar aplicaciones, una impresora necesita conexión permanente a internet para permitirte imprimir y un teléfono móvil puede terminar convertido en un pisapapeles funcional si una empresa decide retirar soporte, bloquear servicios o dejar de actualizar el sistema. Estamos entrando lentamente en una época donde comprar tecnología ya no significa poseerla realmente, sino únicamente acceder temporalmente a un conjunto de permisos revocables.
Y quizás lo más peligroso de todo esto es que la transición ocurrió de manera silenciosa. No hubo un momento concreto donde alguien anunció que perderíamos control sobre nuestros propios dispositivos. Simplemente ocurrió. Poco a poco aceptamos términos y condiciones interminables, ecosistemas cerrados, servicios obligatorios, telemetría constante y restricciones disfrazadas de seguridad. Lo que antes habría parecido un abuso corporativo hoy es presentado como una experiencia optimizada. El usuario ya no administra la máquina; la máquina administra al usuario.
Por eso me resulta imposible no pensar en figuras como Richard Stallman y en proyectos como GNU. Durante años fueron tratados como extremistas tecnológicos, paranoicos o idealistas obsesionados con la libertad del software, cuando en realidad quizás simplemente entendieron antes que el resto hacia dónde se dirigía todo esto. La discusión nunca fue únicamente técnica; siempre fue filosófica. ¿Quién controla la tecnología? ¿El usuario o la corporación? ¿Compramos herramientas o adquirimos licencias temporales de uso condicionadas por intereses comerciales?
El problema es que gran parte de la sociedad solo empieza a hacerse esas preguntas cuando el control deja de ser invisible y comienza a afectar directamente su comodidad cotidiana. Ahí es donde aparecen situaciones absurdas: impresoras que bloquean cartuchos perfectamente funcionales, televisores incapaces de instalar aplicaciones externas y vehículos que requieren suscripciones para desbloquear funciones ya integradas físicamente. De pronto descubres que incluso la tinta, el color o la cantidad de páginas impresas necesitan aprobación remota de una empresa ubicada al otro lado del planeta. Lo mismo ocurre cuando compras un móvil aparentemente “calidad/precio”, pero saturado de bloatware y sistemas publicitarios integrados que terminan financiando parte del dispositivo a costa de tu privacidad. Sí… Xiaomi.
Y ahí aparece la gran paradoja de esta era digital: jamás habíamos tenido acceso a tanta tecnología y, al mismo tiempo, jamás habíamos dependido tanto de terceros para utilizarla. Vivimos rodeados de dispositivos más potentes que los computadores que llevaron al hombre a la luna, pero cada vez con menos capacidad de modificarlos, comprenderlos o controlarlos realmente. El futuro prometía empoderamiento tecnológico; lo que terminó llegando fue una infraestructura sofisticada de dependencia elegantemente empaquetada bajo interfaces minimalistas y campañas publicitarias sobre libertad.
Quizás exagero. O quizás simplemente estamos tan acostumbrados al encierro digital que ya dejamos de verlo como una jaula. Porque esa es probablemente la victoria más grande de la industria tecnológica moderna: no habernos quitado el control de golpe, sino haber logrado que lentamente dejáramos de considerarlo importante.
No me extrañaría que en un futuro tengamos que pagar una suscripción para utilizar nuestro propio inodoro. De hecho, probablemente lo venderán como innovación: ‘Smart Toilet Pro Max’, con inteligencia artificial integrada, análisis biométrico en tiempo real y una elegante cuota mensual para desbloquear la descarga premium de agua. Y lo peor no será eso. Lo peor será ver gente defendiéndolo en redes sociales mientras repiten que ‘es el futuro’.
Si llegaste hasta acá, acabas de consumir aproximadamente más de 2.500 palabras. En términos modernos, eso significa que has utilizado un servicio digital no monetizado, una anomalía casi ilegal dentro del internet contemporáneo.
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¡PAGA!
O tranquilo… todavía no hemos llegado a ese punto.
Creo 🙂


¡Hola, Gato!
¡Excelente artículo, como siempre! 👏👏👏👏👏
Varias cosas para pensar aquí.
Comenzando desde qué es y qué será ese conjunto de cosas que se terminan aceptando en el contrato de uso de un dispositivo, ni bien se lo enciende por primera vez; y luego qué serán esas actualizaciones a los términos de uso, que las empresas nos notifican por correo electrónico escuetamente, diciéndonos apenas que lo que hicieron fue hacer el contrato más fácil de entender para el usuario (pero sin mencionar explícitamente los cambios), y dejándonos un enlace para leer todo el contrato entero (dejando al usuario a la interperie jurídica).
Pasando, luego, por todo lo que comentás en tu artículo, los ejemplos y el contexto que brindás, para observar la realidad desde ambos polos del asunto (si el malnacido SaaS —“Software as a Service”— ya era terrorífico, entonces tener un HaaS o “Hardware as a Service”, vino para convertirse en una auténtica pesadilla informática y tecnológica).
Y terminando, incluso, en la negativa de los fabricantes para que sea el propio usuario quien repare su producto, como <a href=”https://www.xataka.com/otros/caso-usuario-que-hackeo-su-lavadora-averiada-despues-que-fabricante-se-negara-a-enviarle-firmware”>el famoso caso de la lavadora</a>.
Por eso es que, si bien nos gusta usar cosas que se sincronicen en la nube, al mismo tiempo no queremos depender de Internet para todo. Porque, luego pasan estas cosas, ese control a la distancia, ese monitoreo constante. Y, con ello, llegan las restricciones.
Me pregunto si habrá fabricantes menores (europeos, chinos) que estén dispuestos a diseñar, fabricar y vender hardware que funcione bajo software libre y que —por lo tanto— no imponga restricción alguna. 🤔 Volver a las raíces, digamos. Ya combatir la obsolescencia programada como un verdadero enemigo, sin disimulos.
Y el caso de tu televisor no es algo aislado: <a href=”https://www.ghacks.net/2025/10/01/amazon-announces-vega-os-for-tv-a-linux-based-os-that-doesnt-support-sideloading/”>Amazon hará una cochinada más perversa aún [artículo en inglés]</a>.
<blockquote cite=””><i>El problema es que gran parte de la sociedad solo empieza a hacerse esas preguntas cuando el control deja de ser invisible y comienza a afectar directamente su comodidad cotidiana.</i></blockquote>
Será el momento en que dejarán de tomarnos por paranoicos. Pero ya será un momento tarde para ellos, un callejón sin salida.
<blockquote cite=””><i>Si llegaste hasta acá, acabas de consumir aproximadamente más de 2.500 palabras. En términos modernos, eso significa que has utilizado un servicio digital no monetizado, una anomalía casi ilegal dentro del internet contemporáneo.
Por ende, me debes 14.99 USD o su equivalente en pesos colombianos por acceder al plan básico de lectura.</i></blockquote>
Pasame tu nombre de usuario de PayPal (porque no te encontré usando tu dirección de correo electrónico). Lo digo en serio, ¿eh?