La fantasía de ser invisible

Nota: Si eres fiel seguidor de este blog podrás tener idea de algunos fragmentos similares a otros textos y es que, este texto nació en medio de dos artículos “El arte de desaparecer sin moverse” y “Signal es genial ¿Pero tienes un plan B?” por ende haya alguna parte que te sea familiar, con un toque especifico a esa falacia de la privacidad (realmente lo deseche y luego lo recuperé).

Hay una fantasía persistente, casi infantil, que se repite entre técnicos brillantes, paranoicos de fin de semana y criptobros con complejo de protagonista: la idea de que existe una aplicación correcta, un sistema definitivo, una combinación exacta de software que, una vez instalada, te vuelve invisible. Como si la vigilancia funcionara por descuido. Como si bastara con elegir bien para que el mundo mirara hacia otro lado. Es una fantasía cómoda. Y profundamente falsa.

No porque las agencias de inteligencia sean omnipotentes, sino porque la mayoría de las personas no soporta vivir como dice que quiere vivir. La privacidad radical no fracasa por falta de tecnología; fracasa porque exige una coherencia humana que casi nadie está dispuesto a sostener. El problema no es Signal, Tor o cualquier otra herramienta. El problema es la persona que las usa esperando una redención automática.

El paranoico moderno no quiere desaparecer: quiere seguir viviendo igual, pero sin consecuencias. Quiere conservar la comodidad, la identidad, la visibilidad selectiva y el reconocimiento, mientras cree que el cifrado lo absuelve. Ese es el autoengaño central. La privacidad real no es una capa que se agrega, es una vida que se resta. Y ahí es donde la mayoría se quiebra.

Cuando alguien dice “si una agencia va realmente por ti, pierdes”, no está afirmando una superioridad mística del adversario. Está señalando algo mucho más incómodo: tú te cansas. Te repites. Te explicas de más. Confías cuando no deberías. Te aburres de sostener el silencio. El sistema no tiene ese problema. No porque sea perfecto, sino porque no depende de tu energía mental ni de tu disciplina diaria.

Por eso el juego nunca fue ser invisible. El juego es volverte irrelevante. No interesante, no heroico, no digno de relato. Aburrido. Fragmentado. Difícil de encajar en una historia clara. Todo lo que el ego odia. Todo lo que la vigilancia detesta analizar.

El error más común no es usar el sistema operativo equivocado o la aplicación incorrecta. Es mezclar identidades, rutinas y narrativas en el mismo cuerpo. Es hablar igual en todos lados. Es mantener horarios reconocibles. Es necesitar explicar por qué haces lo que haces. La vigilancia no se alimenta de secretos; se alimenta de coherencia. Y el paranoico suele ser demasiado coherente consigo mismo.

Aquí aparece la verdad que incomoda incluso a quienes “saben”: la mayoría no cae por una falla técnica, sino por una debilidad psicológica. Por querer ser entendido. Por querer pertenecer. Por convertir la privacidad en identidad, en lugar de asumirla como una renuncia silenciosa. Cuando la seguridad se vuelve parte del personaje, ya está comprometida.

La privacidad no es una aplicación ni un entorno. Es una práctica que erosiona la vida social tal como la conocemos. Reduce explicaciones, reduce huellas, reduce relatos. Obliga a aceptar que no todo debe ser dicho, compartido o documentado. Y esa reducción constante es agotadora. Por eso casi nadie la sostiene.

Si llegaste hasta aquí esperando una lista de herramientas, este texto no era para ti. Y si sentiste una incomodidad vaga, una especie de resistencia interna, probablemente no fue técnica. Fue el ego defendiendo su derecho a seguir siendo visible mientras dice que quiere desaparecer.

La vigilancia no se derrota con software. Se sobrevive entendiendo que la invisibilidad no es un estado, sino una práctica incómoda, inestable y profundamente poco glamorosa. Y que, para casi todos, ese precio es demasiado alto. Y que, para casi todos, ese precio es demasiado alto.

Imagen generada con IA.

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